La transformación socioeconómica de entre siglos

    Entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX –durante un periodo correspondiente, aproximadamente, a 1880-1930–, los países de Latinoamérica experimentaron profundas transformaciones económicas y sociales. Sus economías se abrieron definitivamente al exterior y si, por un lado, la exportación de materias primas continuó siendo la principal fuente de ingresos, por otro comenzó a desarrollarse una incipiente industria. Las mayores oportunidades laborales propiciaron una gran oleada de inmigrantes europeos, lo que acabó afectando a la población de las ciudades, que sufrió un considerable crecimiento.

    El crecimiento de la economía neocolonial

    Hacia 1880, en América Latina ya se había consolidado el modelo de economía exportadora de productos primarios, lo que había provocado que toda la región experimentara un fuerte crecimiento económico. Sin embargo, este crecimiento no fue homogéneo ni en todos los países ni en todas las regiones, de forma que, mientras algunas zonas crecían espectacularmente, otras quedaban arrinconadas, fuera de los circuitos económicos. Esta desigualdad sería el germen de graves problemas sociales y económicos, que se producirían en las décadas siguientes y cuyo alcance llega hasta la actualidad. Las regiones pobres, ajenas al crecimiento del resto del país, vieron partir hacia las grandes ciudades a millones de personas desfavorecidas, que llevaron a aquéllas un sinnúmero de problemas: sobrepoblación, hacinamiento, desarraigo, escasez de recursos, falta de trabajo, etc.

    Tabla 1. Clasificación de los diferentes productos exportados por los países latinoamericanos.

    Además, el papel de Latinoamérica como exportadora de materias primas acabó por situarla en una posición subordinada en el conjunto del mercado mundial. Los países industrializados compraban a los productores latinoamericanos las materias primas a muy bajo precio; éstas, una vez convertidas en bienes de consumo en las fábricas de Europa o de los Estados Unidos, regresaban a América Latina para ser vendidas a un precio muy superior.

    Esta situación neocolonial, que provenía de etapas anteriores, se hizo más intensa a finales del siglo XIX. Con la revolución industrial, los países desarrollados comenzaron a requerir más alimentos y materias primas; al mismo tiempo, los avances tecnológicos provocaron en dichos países el abaratamiento en la producción de bienes de consumo, bienes que, además, gracias a las mejoras de las comunicaciones, podían ser vendidos en cualquier parte del mundo. En este contexto, América Latina comenzó a incrementar sus exportaciones de materias primas y alimentos. Al recibir mayores ingresos, los países, a su vez, comenzaron a importar. Estas importaciones se centraron en manufacturas, tecnología y bienes de consumo, todos ellos artículos que resultaban mucho más caros. Como los gastos de la importación eran superiores a los beneficios de la exportación, la balanza comercial resultó desfavorable: se consolidaba, así, una situación de neocolonialismo.

    El desarrollo de las redes de ferrocarril, aun teniendo que salvar complicados escollos orográficos, resultó esencial en la agilización del transporte de mercancías en América. La imagen muestra el tendido férreo sobre el puente mexicano de Metlac.

    La presencia británica y estadounidense

    América Latina tenía, a principios del siglo XIX y comienzos del XX, una economía basada en la exportación de materias primas, fundamentalmente procedentes de la agricultura y la minería. Para llevar los productos a los puertos, donde eran embarcados hacia los países industrializados, poco a poco se fue tejiendo una importante red de comunicaciones, cuyo principal elemento fue el ferrocarril. La construcción del ferrocarril, que conllevó inversiones y mano de obra millonarias, recayó fundamentalmente en manos de capital extranjero, pues fueron los inversores foráneos los principales interesados en facilitar el traslado de las materias primas hacia las industrias de Europa y los Estados Unidos. Además, también los capitales extranjeros controlaban los sectores económicos principales, esto es, la agricultura y la minería.

    Hacia 1880, los bancos británicos ya dominaban con claridad el panorama financiero latinoamericano, con los Rothschild como banqueros prácticamente oficiales en Brasil y Chile y los Baring Brothers en la Argentina y Uruguay. La economía del Cono Sur estaba dominada por inversores o compañías del Reino Unido, Alemania y Francia. Los capitales procedentes de los Estados Unidos, por su parte, eran con mucho los más cuantiosos en México, Cuba y Centroamérica. En esta última región, los financieros estadounidenses impulsaron la firma del Tratado Hay-Bunau Varilla, cuyo resultado fue la construcción del Canal de Panamá. La obra, que se prolongó entre 1880 y 1914, y de cuya complejidad y peligro dan fe las 25.000 personas que murieron durante su ejecución, fue iniciada por los franceses. Sin embargo, los trabajos fueron culminados por los Estados Unidos, país que, a cambio de entregar diez millones de dólares al Gobierno de Panamá, se aseguró el control del estratégico paso entre el Pacífico y el Atlántico por un largo periodo de tiempo, que finalizó en 1999.

    Los inversores extranjeros, fundamentalmente británicos y estadounidenses, fueron en todo momento los grandes beneficiarios del crecimiento de la economía latinoamericana. Las grandes compañías extranjeras eran las propietarias de plantaciones y minas, así como del ferrocarril y los puertos, cuya construcción y explotación les había sido concedida por los Gobiernos. Junto a ellas, quienes más réditos obtuvieron por el crecimiento económico fueron las minorías vinculadas al poder político –los grandes comerciantes y terratenientes–, ligadas además por lazos económicos a las compañías extranjeras. De esta forma, la mayor parte del capital generado por América Latina no se quedaba en el propio territorio ni repercutía en la población en forma de nuevas inversiones, sino que iba a parar a las sedes de las compañías en el extranjero y a las manos de unos pocos.

    La influencia de la Primera Guerra Mundial

    La Primera Guerra Mundial (1914-1918) supuso para América Latina un factor de gran crecimiento económico. Con sus industrias volcadas en la contienda, los países europeos necesitaron ingentes cantidades de materias primas –petróleo para combustible, alimentos para las tropas, metales para construir armas ligeras, carros de combate y buques de guerra, tejidos para los uniformes–, que vinieron en su mayoría de los productores latinoamericanos, cuyos países permanecieron neutrales en el conflicto. El incremento de las exportaciones conllevó un fuerte crecimiento económico, que, no obstante, comenzó a decrecer a medida que la guerra se prolongaba y los capitales extranjeros, especialmente alemanes, retornaban a su país. Además, muy pronto ambas partes contendientes se dieron cuenta de la importancia vital que las materias primas latinoamericanas tenían para el enemigo, por lo que las rutas transoceánicas se convirtieron en un nuevo escenario para la guerra.

    A partir de 1917, los buques mercantes que surcaban el Atlántico comenzaron a ser atacados, por lo que el comercio con América Latina quedó interrumpido. Al exportar menos, también se contaba con menos capital para poder pagar las importaciones. La ausencia de las manufacturas europeas comenzó a ser suplida por bienes elaborados por los propios productores latinoamericanos. En aquellos países que ya tenían una cierta capacidad industrial comenzaron a ser fabricadas las manufacturas que habían dejado de llegar, de forma que muchos talleres de reparaciones comenzaron a convertirse en fábricas y a requerir mayor cantidad de mano de obra. Los casos más destacados de industrialización fueron los de Monterrey (México), São Paulo (Brasil) y Buenos Aires (Argentina).

    La construcción del canal de Panamá posibilitó la comunicación entre los océanos Atlántico y Pacífico. A pesar de lo complejo y peligroso que resultó llevarla a cabo, su utilidad se ha prolongado en el tiempo, como demuestran las dos fotografías de la ilustración, una tomada en 1915, poco después de la inauguración, y la otra de época reciente.

    La construcción del canal de Panamá posibilitó la comunicación entre los océanos Atlántico y Pacífico. A pesar de lo complejo y peligroso que resultó llevarla a cabo, su utilidad se ha prolongado en el tiempo, como demuestran las dos fotografías de la ilustración, una tomada en 1915, poco después de la inauguración, y la otra de época reciente.

    En 1917, la entrada de los Estados Unidos en la guerra, aliándose con Francia y el Reino Unido, supuso un cambio en el rumbo de la contienda y, de paso, un fuerte estímulo para las economías latinoamericanas. Las industrias estadounidenses comenzaron a requerir cantidades importantes de materias primas, que procedían en su mayor parte de los productores latinoamericanos. Las exportaciones de petróleo, hierro, cobre, carne, maíz, trigo y algodón alcanzaron un auge sin precedentes, de forma que por vez primera la balanza comercial se volvió favorable para muchos países de la región.

    La década de 1920

    Acabada la guerra, los años inmediatos fueron de crisis en todo el mundo. También en Latinoamérica, pues ya no era necesario producir tantas materias primas, lo que condujo a una caída de los precios. Sin embargo, a partir de 1922 comenzó una lenta recuperación, cuyo motor principal fueron los Estados Unidos, el país que había salido más fortalecido de la contienda. Nuevamente las materias primas latinoamericanas comenzaron a ser demandadas. Además, las inversiones estadounidenses empezaron a llegar en masa, sobre todo a la Argentina, Chile y México, desplazando a los capitales británicos y franceses.

    El desarrollo de las economías latinoamericanas se centró en los sectores tradicionales, esto es, en la agricultura de plantación y la minería. Ésta creció en más de un 80% entre 1913 y 1928.

    Tabla 2. Principales países exportadores de la década de 1920 y sus productos especializados.

    Al crecer la producción de materias primas, también se incrementaron las actividades comerciales. Los Estados Unidos sustituyeron al Reino Unido y a Francia como principal socio comercial de los países latinoamericanos, lo que acrecentó la situación de dependencia de éstos. A partir de este momento, los Estados Unidos pasaron a controlar las economías de la zona, por medio de la realización de grandes inversiones y de la devaluación de las monedas nacionales frente al dólar, con el objetivo de fomentar las exportaciones.

    La bonanza económica de los primeros años de la década de 1920 se derrumbó bruscamente con la «gran depresión» de 1929. Aunque su origen estuvo en los Estados Unidos (la fotografía muestra un grupo de parados neoyorquinos), el desastre afectó a todo el planeta y se dejó sentir de modo significativo en los países latinoamericanos.

    La llegada masiva de capitales estadounidenses tuvo efectos contrapuestos. Por un lado, este capital ayudó a desarrollar la industria latinoamericana; por otro, la situación de dependencia con respecto a los Estados Unidos fomentó en América Latina el proteccionismo, con el estímulo de los Gobiernos al surgimiento de empresas nacionales, dedicadas, no tanto a producir bienes en competencia con las empresas estadounidenses, sino a cubrir el hueco que, con motivo de la Primera Guerra Mundial y su posguerra, habían dejado los productos europeos.

    La crisis de 1929 y el fin del modelo económico

    Como ocurrió en el resto del mundo, el periodo de crecimiento económico de América Latina finalizó precipitadamente con el desastre bursátil de octubre de 1929 y el periodo de crisis que le siguió, conocido como la «gran depresión». Ésta se produjo por un exceso de producción de las industrias, facilitado por la mayor capacitación tecnológica y el bajo precio de las materias primas y la mano de obra. La sobreproducción acabó por saturar el mercado, lo que a su vez produjo una caída de los precios y, en consecuencia, de los beneficios. Rápidamente la crisis se trasladó a las bolsas –crack bursátil–, donde las acciones de las compañías se desplomaron, produciendo la quiebra de empresas y bancos, el cierre de fábricas y, en el último eslabón de la cadena, el paro generalizado de la población.

    El epicentro de la crisis de 1929 tuvo lugar en los Estados Unidos, donde se desplomó la Bolsa de Nueva York, pero sus consecuencias alcanzaron a todo el mundo. Especialmente afectada fue América Latina, debido a su relación de dependencia con respecto a la economía estadounidense. Ante la ausencia de compradores y la adopción de políticas proteccionistas por parte de los Estados Unidos –el principal socio comercial de América Latina–, las exportaciones latinoamericanas cayeron en picado, y con ellas se hundieron los precios y se desvanecieron las inversiones.

    Para frenar la crisis, el Gobierno de los Estados Unidos, presidido por Franklin Delano Roosevelt, inició una política intervencionista con respecto a la economía. Si hasta la fecha, y siguiendo las doctrinas librecambistas, se consideraba a la economía como un ámbito en el que el Estado no debía intervenir, a partir de la crisis de 1929 los Gobiernos comenzaron a dictar medidas para regular los mercados e impedir que se repitieran crisis similares. Siguiendo la estela de la política estadounidense, los Gobiernos latinoamericanos decretaron diversas medidas encaminadas a salir de la crisis y regular las relaciones económicas, entre ellas aumentar los aranceles sobre las exportaciones, devaluar la moneda e incrementar los impuestos. Junto con estas medidas, los países latinoamericanos comenzaron a exportar a otras zonas, como Asia y Europa, rompiendo la absoluta dependencia con el mercado estadounidense y el modelo económico neocolonial que hasta entonces había estado vigente.

    Gracias al efecto de estas medidas y al inicio de la recuperación mundial, América Latina comenzó a prosperar lentamente. El momento clave de esta recuperación fue el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), época en que se reprodujo una situación similar a la de la anterior gran guerra. De nuevo las economías latinoamericanas se dedicaron a paliar las necesidades de materias primas de los países contendientes. El Reino Unido, Francia y la Unión Soviética importaron enormes cantidades de materias primas producidas en Latinoamérica, principalmente alimentos. El incremento de las exportaciones tuvo efectos benéficos, pues acrecentó la entrada de capitales y con ello la creación de industrias destinadas a satisfacer las necesidades de los mercados internos de cada país, con el consiguiente aumento del empleo. Esta situación de crecimiento económico se mantuvo durante toda la guerra y se prolongó, más atenuada, hasta la crisis del petróleo de 1973.

    Las transformaciones sociales

    En las dos últimas décadas del siglo XIX y las dos primeras del XX, la composición de las distintas sociedades en Latinoamérica siguió un patrón muy definido, heredado de etapas anteriores, con forma de pirámide. En la cúspide, el grupo más poderoso, aunque menor en número, era el formado por las élites de cada país, integrado por los grandes propietarios de tierras y comerciantes, por los dirigentes del estamento militar y por los altos funcionarios del Estado. Por debajo se situaba la clase media, algo más numerosa pero no muy extendida en número. Esta clase estaba compuesta por funcionarios de mediano y bajo rango, pequeños comerciantes, mandos intermedios de las industrias y empresas y profesionales liberales, como médicos, profesores, periodistas, abogados, ingenieros, etc. Finalmente, el grupo más numeroso, formado por campesinos –jornaleros o pequeños propietarios– y obreros, ocupaba la base de la pirámide.

    La industrialización provocó profundas transformaciones en las sociedades latinoamericanas. En la imagen, grabado de la época que ilustra la relación entre fábrica y paisaje.

    En la década de 1920 comenzó a operarse una profunda transformación de esta estructura. El factor principal por el que se produjo este gran cambio fue la industrialización: el incremento de la actividad industrial trajo consigo un aumento de demanda de mano de obra, lo que a su vez produjo, por un lado, un trasvase de campesinos al sector industrial y, por otro, un aumento de la población inmigrante, atraída por la perspectiva de encontrar empleo. Este incremento demográfico de los países produjo, a su vez, una expansión de las ciudades y de la forma de vida urbana. Otra consecuencia de la industrialización y el aumento de la clase obrera fue el surgimiento de un nuevo movimiento social: el sindicalismo. Además, la riqueza acumulada favoreció el crecimiento de las clases medias, extendiéndose el número de pequeños comerciantes, funcionarios y profesionales liberales. Por último, las clases dirigentes también experimentaron importantes transformaciones: los grupos militares y grandes propietarios rurales fueron sustituidos como elemento dominante por las nuevas élites industriales y exportadoras.

    Algunos países de América Latina vivieron un extraordinario incremento poblacional en sus principales ciudades durante las últimas décadas del siglo xix y las primeras de la pasada centuria. Éste fue el caso de la Argentina, una de cuyas principales ciudades, Córdoba, se muestra en la imagen.

    El crecimiento de las ciudades

    La expansión económica de este periodo producida por el incremento de las exportaciones y la incipiente industrialización conllevó un fuerte crecimiento demográfico. La mayor parte de este crecimiento poblacional se concentró en las ciudades, donde había mayores oportunidades de lograr empleo. Este nuevo auge urbano revalorizó, además, el importante papel que tradicionalmente habían tenido las ciudades en América Latina. En muy poco tiempo –últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX–, las ciudades crecieron de manera espectacular. Los países con mayor incremento de población urbana fueron la Argentina, Chile, Cuba y Venezuela. En la Argentina, por ejemplo, el 17,3% de la población que vivía en ciudades de más de 10.000 habitantes en 1896, pasó al 38,1% en 1914. En el caso contrario, otras naciones como Brasil, Colombia, México o el Perú mantuvieron a la población rural como mayoritaria, lo que no impidió, sin embargo, que las principales ciudades también crecieran.

    El crecimiento urbano afectó sobre todo a las principales ciudades de cada país, que solían ser una o dos. En algunas naciones, la urbe más importante, generalmente la capital, acumulaba un tercio o incluso la mitad de la población total del país. Buenos Aires, por ejemplo, triplicó su población entre 1898 y 1918, cuando llegó a contar con 1.600.000 habitantes. Crecimientos también espectaculares fueron los de Ciudad de México, Bogotá, La Habana, Lima, Montevideo y Santiago de Chile.

    Las nuevas formas de ciudadanía

    Las ciudades se transformaron no sólo en cuanto al número de población, sino también en lo referido a su aspecto y modo de vida. Los avances técnicos impusieron la modernización, especialmente de las urbes más grandes. El alumbrado de las calles, que antes se hacía con faroles de aceite y grasa, pasó a realizarse con lámparas de gas y, poco después, eléctricas. Teléfono, radio y cine se convirtieron a partir de la década de 1920 en medios de comunicación de masas y de propaganda comercial.

    De igual modo, los tranvías tirados por caballos dejaron paso a los eléctricos, e incluso, hacia 1930, por las calles de algunas ciudades latinoamericanas comenzaron a circular los primeros vehículos a motor. Aún más espectacular fue el avance que significó para Buenos Aires la aparición, en 1913, del primer transporte subterráneo. En los años siguientes, la extensión del automóvil obligó a la construcción de nuevos caminos, lo que favoreció el surgimiento de áreas residenciales alejadas de los centros históricos. Las élites pasaron a ser las ocupantes de estos nuevos barrios exclusivos, y abandonaron las áreas centrales de las ciudades, que consideraban sucias, insalubres y abigarradas.

    Pero el empuje de las ciudades no sólo se tradujo en transformaciones físicas o materiales, sino que también cambiaron las mentalidades y comenzaron a surgir nuevas formas de entender la ciudadanía. El desarrollo económico y urbano corrió paralelo al desarrollo de los sectores medios de población: las clases medias pronto se identificaron con el modo de vida urbano, al que identificaron con el progreso económico, el gusto por cultivar la cultura y el cosmopolitismo y, finalmente, el deseo de participar en la vida política local y nacional: reclamaron entonces su derecho a disputar el poder a las oligarquías tradicionales.

    Los movimientos sociales y el sindicalismo

    Entre la última década del siglo XIX y la primera del XX comenzó a surgir un incipiente movimiento obrero en aquellos lugares donde se había producido un cierto desarrollo artesano e industrial. Este sindicalismo temprano se produjo especialmente en metrópolis como la ciudad de México, Buenos Aires y Santiago de Chile, favorecido por el crecimiento del número de obreros industriales. En esta primera etapa, la fuerza sindical, bastante reducida, estaba sobre todo vinculada a sectores como la exportación, la minería y el transporte. El número de afiliados era bastante bajo en relación al total de los trabajadores.

    Los sindicatos reivindicaron mejoras laborales y salariales en consonancia con el movimiento sindical mundial: reducción de la jornada de trabajo, establecimiento de periodos de descanso obligatorio, aumento de los salarios, derecho a recibir asistencia médica y educación, etc. Pero, además, el sindicalismo latinoamericano tuvo dos características específicas:

    • la reivindicación de los trabajadores nacionales de equipararse a los extranjeros, que recibían sueldos más altos y contaban con mejores condiciones por el desempeño del mismo trabajo;

    • el componente católico que siempre presidió la ideología de los sindicatos, muy influenciados por la Iglesia y el papa León XIII, quien en su encíclica Rerum Novarum (1891) había apoyado la mejora en las condiciones de vida de los obreros, en un intento de frenar el avance del comunismo y el anarquismo.

    La fuerte presencia de artesanos en las ciudades y la inmigración de militantes sindicales de origen italiano o español promovió el surgimiento de movimientos anarquistas en Brasil, la Argentina y Uruguay. La llegada de exiliados europeos procedentes de la Comuna de París y de otras revoluciones reforzó la presencia de la Primera Internacional en algunos países de América Latina. El sindicalismo latinoamericano estuvo siempre vinculado al sindicalismo internacional. En la Argentina, por ejemplo, ya desde la década de 1870 los obreros conocían las ideas comunistas, socialistas y anarquistas, lo que se tradujo en la creación de organizaciones como el Centro de Propaganda Obrera, el Círculo Socialista Internacional o la Federación Obrera Argentina.

    A medida que la industrialización se fue extendiendo, el movimiento sindical fue tomando más fuerza, fundándose no sólo nuevos sindicatos, sino también partidos políticos que recogían las reivindicaciones de los trabajadores. Así surgieron, por ejemplo, el Partido Socialista Obrero de Argentina, impulsado por Juan B. Justo, o el Partido Liberal de México, creado por los hermanos Flores Magón. Las relaciones entre los sindicatos, la patronal y los Gobiernos fueron con frecuencia hostiles. Huelgas y manifestaciones degeneraron muchas veces en batallas campales, detenciones masivas, enfrentamientos armados, atentados y represiones sangrientas.

    Una característica reseñable de los movimientos sociales latinoamericanos fue la influencia que tuvo la Iglesia católica en su ideología y en sus actuaciones. Particularmente importante fue la figura del papa León xiii (en la imagen) y de su encíclica Rerum Novarum.

    Las organizaciones campesinas

    Además de los obreros urbanos, también los campesinos se organizaron en defensa de sus derechos. Los campesinos se oponían a los Gobiernos oligárquicos y a las reformas liberales, pues consideraban que se estaba atentando contra su modo de vida tradicional. Además, reivindicaban su derecho a ser propietarios de la tierra y a obtener mejores condiciones laborales, lo que les enfrentó a los grandes terratenientes y los empresarios. Aunque este tipo de conflicto no era nuevo en América Latina, en las primeras décadas del siglo XX las confrontaciones se hicieron más habituales y generalizadas. El Perú y Bolivia, especialmente, vivieron graves tensiones. Los campesinos de estos países se sentían perjudicados por sus Gobiernos y la oligarquía rural no sólo en el terreno económico, sino también en cuanto a su condición indígena, pues veían amenazada su forma de vida tradicional y su autonomía política por las reformas gubernamentales que se estaban llevando a cabo.

    Del mismo modo que los obreros de las ciudades se asociaban a los sindicatos en busca de mejores condiciones de vida, los campesinos se agruparon en formaciones en defensa de sus intereses, que a veces tuvieron serios enfrentamientos con los terratenientes. La revuelta campesina más grave del continente, que se vivió en México a lo largo de la década de 1910, pasó a la historia como Revolución mexicana. En la imagen, grupo de rebeldes mexicanos.

    El mayor conflicto campesino tuvo lugar, sin embargo, en México. La reivindicación de tierra de cultivo para todos los campesinos, en un contexto de especial tensión política y social en contra del régimen imperante en el país, derivó en una rebelión generalizada, en la que el campesinado tuvo una actuación decisiva que se materializó en la primera gran revolución del siglo XX, la mexicana.

    La inmigración europea

    En la segunda mitad del siglo XIX la población latinoamericana experimentó un fuerte crecimiento, relacionado fundamentalmente con la inmigración. Países como la Argentina, Brasil, Cuba, Uruguay o Chile fueron los que mayor cantidad de inmigrantes recibieron, atraídos por la demanda de mano de obra vinculada con la apertura económica y la exportación de productos agrícolas y mineros.

    Los inmigrantes, llegados sobre todo del sur y del este europeos, lo hicieron buscando unas condiciones laborales y económicas que no podían alcanzar en sus lugares de origen, pues los salarios en América Latina eran más elevados que los europeos. La inmigración neta a la Argentina se acercó a los cuatro millones de europeos, la de Brasil fue de dos millones y la de Cuba y Uruguay rondó los 600.000. La mayoría de estos inmigrantes se quedaban en el país de acogida, aunque otros retornaban a su tierra de origen o probaban suerte en otra nación. Otro tipo de inmigración fue la denominada golondrina, según la cual los emigrantes viajaban para trabajar en una campaña agrícola o durante unos pocos años y después volvían a su país con unos pequeños ahorros.

    La mayor parte de los inmigrantes fueron hombres adultos y solteros, mientras que el número de mujeres fue escaso. La gran mayoría –especialmente de los que se establecieron en la región rioplatense– procedió de Italia. A los italianos siguieron un buen número de españoles y en menor grado –y en proporción muy variable– de otras minorías, como japoneses, rusos, sirios, libaneses o armenios.