La situación socioeconómica hasta 1880

    Además de la necesidad de organizar políticamente los Estados, los nuevos ciudadanos argentinos, bolivianos, hondureños o mexicanos tuvieron que crear las bases socioeconómicas de sus países. Al igual que en el terreno de lo político, esto tuvo lugar en el periodo que abarca desde las guerras de independencia hasta finales del siglo XIX, una época de importantes transformaciones pero también de cierto continuismo en las formas coloniales.

    Es posible distinguir dos periodos bien diferenciados en este sentido. Hasta la década de 1850 se mantuvieron muchos de los rasgos socioeconómicos precedentes, con la importante salvedad de que el Reino Unido se convirtió en uno de los principales protagonistas económicos de Latinoamérica. A partir de 1850 y hasta finales de siglo, una vez alcanzada la estabilidad política, las nuevas naciones experimentaron un fuerte desarrollo económico gracias a la explotación de una agricultura y una ganadería destinadas a la exportación, así como al nacimiento de una incipiente industria. Aunque la presencia británica siguió siendo importante, los Estados Unidos fueron cobrando mayor presencia en Latinoamérica, un proceso que se afianzaría definitivamente en el cambio de siglo.

    La situación económica

    Durante el siglo XIX, las nuevas naciones latinoamericanas, liberadas del dominio de España y Portugal, buscaron desarrollarse de manera independiente, incorporándose por sí mismas al orden económico internacional, dominado por el liberalismo. Para ello debieron experimentar cambios profundos, que afectaron a la organización social, los sistemas de producción, las estructuras políticas, el régimen de propiedad e incluso las mentalidades y creencias de las gentes de la época.

    La llegada a las naciones latinoamericanas de fuertes sumas de capital extranjero a partir de la segunda mitad del siglo xix influyó considerablemente en el desarrollo económico de los nuevos estados. En la ilustración, grupo de empresarios del Reino Unido, uno de los principales países inversores en el continente americano.

    Los nuevos países latinoamericanos fueron abandonando poco a poco la economía de corte colonial en la que habían vivido hasta entonces, para adaptarse a una economía de carácter capitalista. Este cambio se produjo gracias a dos factores fundamentales: una auténtica revolución en el sistema de transportes a partir de 1850 (introducción del ferrocarril, apertura de puertos marinos y fluviales, mejora de caminos) y una llegada creciente de capital extranjero en forma de préstamos e inversiones directas. La agricultura, mientras tanto, continuó siendo una actividad de primer orden, orientada básicamente a la exportación de alimentos y materias primas, que afluían desde los campos latinoamericanos hacia los puertos marítimos para, desde allí, embarcar hacia los Estados Unidos o Europa.

    Agricultura y ganadería

    Durante la época colonial, la base económica de Latinoamérica había estado constituida por las actividades del sector primario. Cercenados la producción manufacturera y el comercio por las limitaciones mercantilistas impuestas por las metrópolis ibéricas, las economías locales habían subsistido gracias a la explotación de la tierra. Aunque de este conjunto de actividades la más llamativa fue sin duda la minería de metales preciosos en México y la región andina, las labores más importantes fueron la agricultura y la ganadería, las cuales ocupaban a una gran parte de la población (probablemente en torno al 80%).

    Estas constantes se mantuvieron tras las guerras de independencia aunque con ciertas transformaciones, consecuencia del conflicto bélico que ocupó a los países latinoamericanos durante las dos primeras décadas del siglo XIX. En primer lugar, se produjo la consolidación de los criollos como clase terrateniente tras la retirada de los españoles peninsulares y, en algunos territorios, la promulgación de leyes anticlericales. Asimismo, el imperio de la ideología liberal llevó a la finalización del concepto de propiedad comunal, típicamente indígena, y a una consolidación de la propiedad individual que en Latinoamérica respetó el antiguo patrón latifundio-minifundio.

    Por otra parte, la emancipación fue emparejada a una ordenación constitucional de los nuevos Estados que derivó en la implantación y ampliación de derechos, lo que a su vez llevaría al fin de la esclavitud. El proceso fue lento, comenzando con una simple prohibición del tráfico de esclavos africanos (Venezuela y México, 1810; Chile, 1811; Argentina, 1812) para posteriormente promulgarse medidas para liberar a los todavía existentes (Chile, 1823; México, 1829; Perú, 1854). Esto acabó con el tradicional sistema productivo latinoamericano, basado en la explotación esclavista de grandes plantaciones o en las contribuciones especiales de las comunidades indígenas, y obligó a los terratenientes a desarrollar nuevas formas de trabajo. Éstas consistieron predominantemente en la creación de la figura del aparcero o en los «trabajos forzados» a cambio de la condonación de deudas.

    La transformación del modo de producción no aportó, sin embargo, cambios significativos en la eficacia del sistema. Las oligarquías latinoamericanas se mostraron, salvo casos excepcionales –como el del empresario y político mexicano Lucas Alamán–, contrarias a la introducción de las nuevas tecnologías desarrolladas durante la revolución industrial, y basaron su producción de forma general en el empleo de mano de obra barata (ex esclavos, indígenas, mestizos).

    Serían las compañías extranjeras las que introducirían las nuevas tecnologías y, sobre todo, una economía primaria dirigida a la exportación. Efectivamente, las grandes potencias europeas y los Estados Unidos, imbuidos en el espíritu neocolonial imperante en la época, vieron en los nacientes países latinoamericanos un lugar donde obtener materias primas y vender sus productos manufacturados.

    Respecto al primer caso, los ejemplos de Costa Rica y la Argentina son claros. En la primera, el estadounidense Minor C. Keith, fundador de la United Fruit Company en 1899, comenzó a realizar inversiones en plantaciones bananeras desde la década de 1860 e incluso llegó a asumir el 50% de la deuda estatal costarricense a cambio de 325.000 hectáreas de suelo libre de impuestos destinados al futuro cultivo de piñas y bananas. En la Argentina, el inglés Woodbine Parish, enviado en 1824 a Buenos Aires para negociar un tratado comercial, quedó prendado de las posibilidades económicas de la Pampa, y de regreso a Londres promovió las inversiones británicas en esa región: de resultas, se introdujeron ovejas británicas para obtener la lana requerida por las fábricas de Manchester, Liverpool y otros centros; ya en la segunda mitad del siglo, y gracias a inventos que permitían la obtención de extractos de carne, la ganadería ovina fue reemplazada por la bovina, más rentable, y se introdujeron especímenes de Aberdeen Angus. En definitiva, la visión europea y estadounidense de Latinoamérica como un mercado acentuó tres procesos básicos en la región:

    • Consolidación del monocultivo y la ganadería extensiva. Grandes porciones de tierra se dedicaron al cultivo de un solo tipo de planta o a la crianza ganadera de una sola especie, lo que restó diversidad a las economías nacionales y las hizo más susceptibles de sufrir crisis económicas debidas a los ciclos de los mercados. Así, casi toda Centroamérica dependió del cultivo del café, el Ecuador del cacao, el Perú del algodón, etc. Esto llevó a Latinoamérica hacia una «economía de plantación» en la que la riqueza dependía de las exportaciones de productos vegetales o animales.

    • Extensión de los latifundios. Este sistema de explotación de la tierra favoreció el desarrollo de los latifundios –grandes porciones de tierra propiedad de terratenientes locales o empresas extranjeras–, lo que dejó al pequeño campesino a merced de los propietarios y evitó la formación de una clase media dedicada a la explotación agrícola y ganadera. Se acentuaron así las diferencias de clases.

    Los inmensos terrenos de la Pampa argentina resultaron excelentes para la implantación de ganadería extensiva. Allí surgieron los gauchos, como los representados en la ilustración, que se especializaron en las labores ganaderas.

    • Predominio de la inversión extranjera. Dado que muchos criollos siguieron anclados en los métodos productivos coloniales, la riqueza agrícola y ganadera vino de la mano de la inversión extranjera. Esto convirtió a las economías nacionales en sumamente frágiles.

    La industria

    El sector industrial había sido durante mucho tiempo ignorado por las autoridades coloniales, poco interesadas en que Latinoamérica desarrollase una industria que se convirtiera en competidora de los productos de la metrópoli. En el siglo XVIII había imperado la mentalidad mercantilista según la cual las colonias debían servir únicamente como exportadoras de materias primas –destinadas a las fábricas de las potencias colonizadoras– y como consumidoras de los productos que éstas fabricaban. Esto sólo había permitido el desarrollo de una artesanía tradicional, complementada por unas manufacturas débiles de ámbito local.

    En los grandes latifundios americanos se obtenían las abundantes cosechas utilizadas para exportación. La ilustración muestra uno de ellos, dedicado al cultivo del tabaco en Cuba.

    Tras las guerras de independencia, el panorama del sector industrial no fue mucho más halagüeño. El conflicto había interrumpido la actividad manufacturera y dañado seriamente las infraestructuras; los conflictos posteriores, motivados por las luchas intestinas entre las élites políticas latinoamericanas, no habían permitido la mejora. Los nuevos Estados estaban por entonces más preocupados por invertir los escasos recursos disponibles en el pago de la deuda externa generada o en la compra de armamento con el que participar en las guerras civiles existentes. Finalmente, ni las oligarquías criollas ni las potencias extranjeras mostraron al principio mucho interés por este sector productivo: las primeras porque seguían aferradas a la mentalidad colonial de que la riqueza se basaba en la tierra, no en las manufacturas; las segundas, porque no veían rentable una actividad que requería mucha inversión en infraestructuras y que, además, acabaría compitiendo con sus propios productos.

    Barco de vapor. La aplicación del vapor en los barcos, que permitía surcar aguas contra la corriente y desplazarse con vientos contrarios, revolucionó la navegación en el continente americano.

    Esta situación, predominante en la primera mitad del siglo XIX, cambió a partir de las décadas de 1840 y 1850. Por una parte, las economías latinoamericanas dejaron de depender casi en exclusiva del Reino Unido a medida que los Estados Unidos aplicaban su propia doctrina Monroe en versión económica y comenzaban a realizar fuertes inversiones; ello llevó a una competencia económica entre las principales potencias occidentales que benefició indirectamente a Latinoamérica. Por otra parte, estas crecientes inversiones facilitaron la aparición de grandes entidades mixtas de crédito, primero a nivel nacional (Banco de Londres y Brasil, 1862), luego a nivel continental (Banco de Londres de México y Sudamérica, 1864). Estas aportaciones dinerarias fueron aprovechadas por las oligarquías locales, las cuales iban dejando paulatinamente de lado sus luchas por el poder, gracias a la consolidación de sus respectivas naciones, y dedicaban cada vez más esfuerzos a la generación de riqueza.

    Estos tres factores se sumaron a partir de la década de 1850 a la base económica del siglo XIX: el sector primario. Liderado por el boom agrícola y ganadero, las pequeñas artesanías locales comenzaron a transformarse en verdaderas manufacturas, especialmente en las grandes ciudades. Surgió así una industria transformadora dirigida en parte a la exportación (azucarera, tabaquera), pero sobre todo al consumo interno (textil, peletera, bebidas).

    La revolución de los transportes. El desarrollo industrial implicó a su vez una mejora de las infraestructuras, indispensables para que el producto pudiera romper los límites locales y llegar a lugares más distantes. Las inversiones en infraestructuras (carreteras, trenes, puertos, etc.) fueron un viejo anhelo de los primeros dirigentes latinoamericanos (planes de Bolívar para la construcción del canal de Panamá), pero no se materializaron hasta la llegada de la estabilidad política y social y, sobre todo, de la inversión extranjera.

    Las primeras mejoras en infraestructuras surgieron de la necesidad por parte de los inversores foráneos de conectar los centros de producción agropecuaria y minera con los puertos marítimos o las grandes ciudades. Éste fue el caso del ferrocarril chileno entre la región minera de Copiapó y el puerto de Caldera. Su diseñador, Juan Mouat, obtuvo la concesión gubernamental en 1848, pero, incapaz de alcanzar la financiación necesaria, hubo de vendérsela a William Wheelwright, quien completó el trazado en 1851 con la ayuda de ingenieros estadounidenses y con máquinas fabricadas en Filadelfia. La escasa presencia chilena en el proyecto (unos cuantos inversores locales) fue desapareciendo con el tiempo, de tal forma que, a finales de siglo, el ferrocarril era totalmente extranjero. También se deben a Wheelwright la Pacific Steamship Navigation Company, una de las primeras líneas en la costa del Pacífico de barcos de vapor –necesarios para vencer las corrientes y vientos contrarios–, los ferrocarriles entre las ciudades argentinas de Rosario y Córdoba (Ferrocarril Central Argentino, 1863-70) y entre La Plata y Buenos Aires (1872) o el proyecto de construir una línea férrea transandina.

    Estas innovaciones y su fuerte dependencia de la inversión extranjera introdujeron una serie de características específicas a la red de transportes latinoamericana. En Europa y los Estados Unidos, el ferrocarril, el gran motor de la expansión industrial, sirvió para unir los puertos de mar con los centros productivos del interior, además de crear una auténtica red de comunicaciones que ligaba a las grandes poblaciones entre sí, favoreciendo el surgimiento de pequeños mercados y estimulando el consumo. Esta red de transportes, en forma de malla, espoleó la creación de un mercado interno dinámico, en el que la riqueza económica se repartía de forma homogénea por todo el territorio de cada país. En América Latina, sin embargo, las grandes vías de ferrocarril se tendieron exclusivamente para unir las zonas de producción de materias primas con los puertos de exportación. Con una característica forma de estrella, del interior de los países salían líneas ferroviarias que confluían en unos pocos puertos o en la capital, pero no se crearon tendidos que unieran entre sí a las zonas productivas de materias primas del interior. La estructura férrea latinoamericana queda ejemplificada en líneas como las que unieron Lima y Callao (1851) y Petrópolis y Río de Janeiro (1855), o los tendidos que la empresa Palmer & Sullivan realizó en México, que partían de la zona central hacia los Estados Unidos para facilitar el comercio entre ambos países.

    Comercio

    El surgimiento de una incipiente industria y la creación de una red de transportes facilitaron la recuperación comercial del área latinoamericana. Hasta entonces, el comercio había estado en manos de las principales potencias económicas occidentales y Latinoamérica había mostrado importantes déficit comerciales que habían ahogado aún más las finanzas estatales. Sin embargo, a partir de la década de 1850 la situación se invirtió: Latinoamérica pasó a convertirse en uno de los principales exportadores de materias primas del mundo, con lo que la balanza de pagos se tornó positiva. Esto no sólo fue posible merced a la exportación de productos como el café o el cacao, por nombrar sólo dos de los más significativos, sino también gracias a haber conseguido reducir las importaciones: las industrias locales pasaron a tener capacidad de suministrar los productos necesarios para toda la población, de tal forma que ya no era necesario importar textiles u otros objetos de uso cotidiano, sino «sólo» la tecnología punta.

    Las líneas de ferrocarril de los países latinoamericanos conectaban las zonas productivas con los puertos de exportación o, en el caso de México, con la vecina nación importadora de los Estados Unidos. La ilustración muestra el ferrocarril del valle de México.

    Esto no quita, en cualquier caso, que gran parte de los beneficios comerciales siguiese estando en manos foráneas. Muchas de las materias primas que eran exportadas con destino a los mercados europeos o estadounidense lo eran por nacionales de esos mismos países (caso de la ya comentada United Fruit Company). Además, aunque el intercambio cuantitativo era ya a finales de siglo favorable a Latinoamérica, el cualitativo lo era a Europa y los Estados Unidos, lo que dejaba a los americanos en una posición desfavorable. Finalmente, la especialización de cada país en un producto «estrella» debido, entre otras cosas, a la profusión del monocultivo, amenazaba con descompensar la frágil balanza a favor de las naciones europeas y estadounidense en caso de plagas, crisis sectoriales, etc.

    Las sociedades latinoamericanas

    El éxito económico latinoamericano de la segunda mitad del siglo XIX repercutió sobre las élites criollas, las mismas que habían pugnado a principios de siglo por hacerse con el control político del país. De hecho, muchas de las estructuras sociales de la época final de las colonias se mantuvieron durante el siglo XIX a pesar de las transformaciones económicas vividas. Por ello, es todavía posible hablar de los diferentes grupos raciales como indicativos de clase social.

    Las clases altas (élites criollas). Las clases altas, integradas por los grandes empresarios latinoamericanos, los terratenientes o los altos cargos militares, estuvieron conformadas en gran parte por las antiguas élites criollas o sus descendientes, que ocuparon los lugares dejados por los dirigentes españoles peninsulares, aniquilados durante las guerras de independencia o retornados a España y Portugal.

    Grupo de hacendados criollos. Los criollos conformaban el grupo económico más selecto de la sociedad latinoamericana. Algunos de ellos poseían grandes fortunas y extensas propiedades.

    Más allá de sus divisiones políticas en liberales y conservadores, en centralistas y federalistas, sus miembros conformaron una clase homogénea y consciente de su posición social gracias a las redes socioeconómicas existentes. No fue infrecuente que los grandes empresarios invirtieran en tierras, que los terratenientes participaran en aventuras empresariales, que ambos grupos tuvieran familiares en el ejército o que, en fin, tomaran parte en las alianzas y luchas políticas que caracterizaron el periodo. Sus divisiones ideológicas, en cualquier caso, nunca pesaron más que sus similitudes socioeconómicas, de tal forma que en no pocas ocasiones (como ocurrió, por ejemplo, en Chile) se aliaron para establecer constitucionalmente su dominio y parapetarse ante posibles revueltas sociales.

    Las clases medias (criollos). Dado que el proceso latifundista e industrializador impidió el surgimiento de una verdadera clase media entre las poblaciones mestizas o indígenas, los reducidos grupos medios estuvieron conformados por aquellos criollos que arrastraban tal condición ya desde antes de la independencia y que no habían conseguido medrar en el nuevo Estado, más aquellos que, por cualquier razón (por ejemplo, a consecuencia de las luchas políticas), habían bajado en el escalafón social.

    En su mayoría, las clases medias estaban conformadas por pequeños terratenientes, médicos, abogados y otros miembros de las profesiones liberales. Las transformaciones económicas de los países latinoamericanos –ya fuera por el empuje latifundista, ya fuera por el auge de una verdadera industria, o incluso por el arribo de inmigración europea que deseaba establecerse en las ciudades americanas– acabaron afectando negativamente a los profesionales de las clases medias. La situación sólo pudo superarse en algunos países gracias al crecimiento económico y urbano. Allí donde estos dos factores no se produjeron (como en algunas naciones de Centroamérica), las clases medias tendieron a desaparecer.

    Las clases bajas (mestizos, mulatos, indígenas). La población no criolla –es decir, los mestizos, mulatos, indígenas y ex esclavos– configuró la amplia base social de las clases bajas. Su posición se vio seriamente dañada por las políticas liberales implantadas tras los procesos independentistas, ya que éstas favorecían a la sociedad urbana y perjudicaban en general a aquellas personas dedicadas a los medios de vida tradicionales. Las nuevas leyes liberales chocaron con los usos y tradiciones de las comunidades campesinas, fundamentalmente indígenas. Según era costumbre desde siglos antes, los campesinos se organizaban en comunidades, que compartían la propiedad de la tierra. Igualmente, muchos de estos campesinos tenían el derecho, desde antiguo, de acceder a las tierras de otros para tomar agua o leña o llevar su ganado a pastar. Con las nuevas leyes liberales, estos derechos quedaron prohibidos, de forma que un propietario podía negar la entrada a sus tierras a quien quisiera o exigirle un pago por ello. De la misma forma, al acabar con costumbres ancestrales y con la propiedad comunal de la tierra, las comunidades indígenas quedaban desintegradas, al cambiar su modo de vida y romperse los lazos que unían a unos individuos con otros. Para evitarlo, los campesinos se opusieron a las reformas liberales. En este enfrentamiento, muchas tierras de las comunidades campesinas fueron confiscadas y entregadas a grandes compañías.

    Mestizos (puesto de venta de un mercado) e indígenas constituían las clases bajas de Latinoamérica. Estos últimos se vieron especialmente afectados por las reformas liberales de la época.

    Mestizos (puesto de venta de un mercado) e indígenas constituían las clases bajas de Latinoamérica. Estos últimos se vieron especialmente afectados por las reformas liberales de la época.

    La oposición de numerosos grupos indígenas a las reformas produjo que muchos de éstos desaparecieran o fueran desterrados, especialmente en países como Colombia, Venezuela y Chile. Dos de los casos dignos de mención en este sentido ocurrieron, sin embargo, en México y en la Argentina. En el primero, el régimen de Porfirio Díaz desencadenó una ofensiva contra los pueblos yaqui (regiones de Sinaloa y Sonora), debido a los problemas de insubordinación que causaban. En la Argentina, el Gobierno central envió continuas expediciones militares contra las poblaciones indias que asolaban la Pampa y el Chaco en busca de ganado con el que comerciar: especialmente significativas fueron las organizadas contra los indios ranqueles (1858, 1862) o contra los araucanos liderados por el cacique Cafulcurá (1872), campañas no sólo destinadas a controlar a las poblaciones levantiscas, sino también a ampliar el dominio sobre el territorio y abrirlo a la colonización.

    Los inmigrantes

    Para explicar la transformación y crecimiento económico latinoamericano se ha de tener en cuenta un factor de vital importancia: el aporte migratorio europeo a las nuevas naciones. Latinoamérica sufrió en las primeras décadas del siglo XIX un descenso poblacional motivado por la mortandad debida a las guerras de independencia y a la inestabilidad política, así como por el regreso de parte de los españoles peninsulares a Europa. A esto se le unía el hecho de que bastantes regiones latinoamericanas sufrían una despoblación crónica por su difícil orografía, su riguroso clima y la peculiar ordenación política y económica del territorio heredada de tiempos coloniales. Todo ello creaba amplias zonas deshabitadas que impedían una ordenación territorial lógica y propicia para el desarrollo de infraestructuras, el aprovechamiento de los ricos recursos naturales o la creación de un mercado interior fluido.

    La inmigración europea fue poco a poco ocupando esos «espacios libres», bien en zonas despobladas o bien asentándose en lugares de donde previamente habían desalojado a los nacionales americanos. A partir de la década de 1830, diversos países como México, Brasil o la Argentina vieron cómo arribaban miles de inmigrantes europeos en un proceso que se aceleraría en la segunda mitad del siglo. Los 400.000 habitantes de la Argentina se convirtieron en apenas cincuenta años en 1,8 millones (censo de 1869), cifra que se elevaría a 7,9 en 1914: de éstos, casi 2,5 millones habían nacido fuera del país y muchos más eran argentinos de primera generación.

    Este fuerte movimiento migratorio tuvo dos causas principales. Por una parte, la Europa del siglo XIX conoció un importante proceso de superpoblación y pauperización debido a las transformaciones socioeconómicas originadas por la primera y segunda revoluciones industriales. En países como Italia o España, la industrialización y modernización socioeconómica provocó fuertes crisis: al serio recorte de puestos de trabajo de los sectores artesanales y agrícolas provocado por la creación de fábricas y la introducción de maquinaria en el campo, se unió la incapacidad de crear trabajos alternativos. El artesano o el campesino tradicional no podía competir con los bajos precios de los productos obtenidos mediante los nuevos métodos, pero tampoco estaba capacitado para trabajar en las nuevas fábricas, las cuales utilizaban ya medios mecanizados. Esto sumió a grandes sectores de la población en un estado de pobreza que acabó provocando la migración (nacional o internacional) en busca de nuevas oportunidades y mejoras en las condiciones de vida.

    La pobreza que la revolución industrial llevó a amplias capas sociales de España (el cuadro de la imagen muestra dos jóvenes trabajadoras de este país) y de Italia propició el desplazamiento de grandes contingentes de emigrantes hacia las tierras americanas.

    A este efecto se sumó el interés de las nuevas naciones latinoamericanas por poblar sus territorios. Durante todo el siglo XIX, las clases políticas de América Latina, imbuidas por el espíritu económico liberal, basaron gran parte de sus políticas demográficas y económicas en el principio de «gobernar es poblar». El poblamiento de las áreas deshabitadas debía servir no sólo para fomentar la puesta en cultivo o explotación de las tierras salvajes con vistas a la exportación de materias primas (pilar de las economías nacionales), sino también para, de acuerdo con las teorías raciales de la época, disminuir el porcentaje de indígenas y mestizos en las poblaciones nacionales, pues ambos grupos eran considerados como genéticamente poco preparados para las exigencias de las economías decimonónicas.

    Los Gobiernos latinoamericanos adoptaron medidas políticas para facilitar el proceso poblacional. Así, en la Constitución argentina de 1853 se reflejaba el principio de ayuda gubernamental a los nuevos colonos: 

    «El Gobierno Federal fomentará la inmigración europea; y no podrá restringir, limitar ni gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio argentino de los extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias e introducir y enseñar las ciencias y las artes.»

    Principales países emisores y receptores del flujo migratorio entre Europa y Latinoamérica.

    Este principio rector, vigente si no constitucional sí ideológicamente en otros muchos países del ámbito latinoamericano, se tradujo en proyectos de cooperación entre los Gobiernos nacionales de los países emisores (es decir, europeos) y receptores (latinoamericanos), así como en numerosas empresas de transporte. Estados como el argentino financiaron el flete de barcos para atraer inmigrantes, a los que se les cedían tierras para su explotación y se les otorgaban ventajosas condiciones fiscales. Su asentamiento se realizaba a menudo en colonias organizadas por el propio Gobierno o por empresarios locales, lo que provocó que amplios territorios nacionales quedaran en manos de inmigrantes extranjeros.

    De forma general se puede decir que Italia y las naciones ibéricas fueron el origen de la mayoría de los emigrantes. Su principal destino fue Sudamérica (Argentina, Brasil, Chile), aunque también cabe señalar la isla de Cuba, que se convirtió en destino favorito de los inmigrantes españoles. Otro caso destacado fue el de las numerosas colonias orientales, especialmente chinas y japonesas, que se crearon en el Perú y México.