Pintura rupestre

Pintura rupestre en una de las paredes de la Gran Sala (Cueva de Lascaux, Dordoña)

El paleolítico es el ciclo artístico más largo de la humanidad, cuyo origen se remonta a 35.000 años a.C. y el final a 10.000 años a.C. En este intervalo de tiempo surgió el arte rupestre, caracterizado por tener como soporte paredes y techos de cuevas, así como grandes bloques de piedra, ya estuvieran éstos en cavernas o al aire libre. El arte rupestre ocupa desde la península ibérica hasta los Urales, encontrándose en la región franco-cantábrica y pirenaica más del 90% de los yacimientos decorados. No obstante, la gran mayoría de las cuevas tienen escasísimas representaciones, a veces un mero grabado.

Estilos y temas de representación

En las representaciones de animales predomina, sobre todo, el caballo y, en menor medida, el bisonte. En España también era frecuente la presencia de venados, ciervas, cabras y bóvidos. Igualmente se han encontrado especies de clima frío como el mamut, el reno, el rinoceronte lanudo y algunos carnívoros como el glotón, siendo estos últimos más comunes en las cuevas francesas.

Sobre los muros paleolíticos se podían ver también escenas de caza y otras en las que el hombre es protagonista, apareciendo en situaciones festivas o practicando la cópula.

Los signos se representaban solos o entremezclados con los animales. Sus formas son regulares y muchas se repiten, pero su significado todavía permanece oscuro. El paleontólogo A. Leroi-Gourhan constituyó dos divisiones de signos: los de apariencia cerrada, como círculos, triángulos, tectiformes o vulvas, y los delgados, palos, bastones, con forma de clavo, etc.

Leroi-Gourhan ha sido también quien ha dividido la pintura rupestre en cuatro estilos.

El estilo I se desarrolló en los periodos Auriñaciense y Gravetiense. Fue ejecutado sobre soportes al aire libre y se caracterizó por la representación de una parte del animal (la cabeza, el lomo, los cuernos, etc.) junto a signos como puntos, vulvas o bastones.

El estilo II ocupó los periodos Gravetiense y Protosolutrense, plasmándose esta vez en el interior de las cuevas. Presentaba unos animales con la parte delantera exageradamente encorvada, la curva dorsal muy sinuosa, sin patas y con la cornamenta en perspectiva torcida.

El estilo III es el propio de los periodos Solutrense y Magdaleniense antiguo. En este caso los animales se representaban con mayor detalle a pesar de mostrar una desproporción entre cabeza, extremidades y cuerpo. La curva cérvico-dorsal ya no era tan pronunciada y las figuras aparecían proyectadas hacia delante y hacia arriba. Incluye signos tan elaborados como abstractos.

Con el estilo IV se decoraron las cuevas de mayor profundidad. Se divide en dos fases, ambas dentro del periodo Magdaleniense: el IV antiguo, en el que se representaron animales de forma muy realista y detallista mientras que se iba superando la desproporción anatómica, y el IV reciente, caracterizado por un todavía mayor realismo ausente de convencionalismos en las figuras y un naturalismo a la hora de representar el movimiento.

Pintura rupestre en España

Las pinturas encontradas en las cuevas de España, de hace 25.000 años, constituyen las primeras manifestaciones artísticas del hombre y mostraban las preocupaciones de éste, como era su propia supervivencia o su descendencia. Pintando animales, a ellos cazando, a símbolos sexuales o a mujeres encintas, pensaban que favorecerían la caza y los nacimientos. Este aspecto supersticioso del hombre primitivo es lo que se ha denominado teoría mágico-simpática.

Las pinturas se ejecutaban con materiales como magnesio, óxido de hierro, tierras o carbón, que mezclaban con grasas de animales.

En la península ibérica, ha sido en los lugares habitados por el hombre del paleolítico superior donde se han encontrado los mejores ejemplos de arte rupestre, especialmente en toda la cornisa cantábrica, zonas del interior y las costas levantina y meridional.

La cueva de los Casares, en el término municipal de la Riba de Saelices, en Guadalajara, contiene pinturas y grabados del periodo Solutrense. El estilo artístico de sus representaciones está dentro del realismo y el naturalismo típicos de la escuela franco-cantábrica. En ella se pueden ver tanto figuras humanas, signos y zoomórficas.

Caballos con punteado en negro y rojo, pintura rupestre de Pech-Merle, Francia.

De hace unos 18.000 años son las pinturas rupestres de la cueva de la Pileta, en Málaga, donde destacan animales y caballos realizados en rojo y negro, además de abundantes signos geométricos.

A la escuela franco-cantábrica pertenece la cueva de Tito Bustillo, en Asturias. Se trata de una caverna con un gran panel de figuras a tamaño natural, entre ellas caballos de diferentes razas, renos, ciervos y bóvidos junto a signos tectiformes. Fueron ejecutadas a base de manchas de color empleando negro, rojo, violeta y tierras. Muchas de las figuras eran luego repasadas con grabados. Destacan también las representaciones esquemáticas del camarín de las vulvas, llamado así por la representación de órganos sexuales femeninos.

En Asturias se encuentran también las cuevas del Buxu, en Cangas de Onís; la de San Román de Candamo, y la del Pindal en Pimiangu, cuyas pinturas tienen una antigüedad comprendida entre los 20.000 y 15.000 años a.C.

La cueva del Castillo. Está en Cantabria, en Puente Viesgo, y supone uno de los conjuntos paleolíticos más importantes de la península ibérica. Lo forman las cuevas del Castillo, Pasiega, Flecha, Chimeneas y Monedas. Todas se enmarcan en el periodo que va desde el Solutrense al Magdaleniense más temprano (18.000 al 9.000 a.C.).

Bisonte negro, pintura rupestre en El Castillo.

En la cueva del Castillo destacan figuras rojas o polícromas de bisontes, caballos y ciervos; manos en negativo pintadas empleando el soplado de pigmentos a través de un tubo, y hasta un elefante. Llama la atención también la estalagmita del centro de la cueva, sutilmente retocada con negro para resaltar los rasgos de un bisonte. Alberga también gran número de dibujos de signos, tanto de tipo tectiforme como con forma de bandas de puntos, entre otros geométricos.

La cueva de La Pasiega tiene, al final del pasillo, representaciones tanto de animales, (cuya novedad está en la presencia de un gamo y un pez) como de signos. Están realizadas empleando un trazo grueso y de color ocre. Al fondo de la galería se encuentra un magnífico panel de escutiformes y un caballo negro.

La cueva de Las Monedas presenta caballos, renos, cabras, bisontes, ciervos y un oso incompleto.

En la cueva de Las Chimeneas, con pinturas en negro y grabados en la arcilla, figuran bóvidos (que constituyen el 90% de los animales representados en la península), caballos y ciervos, junto a algunos signos abstractos.

La cueva de Altamira. Se trata sin duda de la obra maestra del cuaternario español. La calidad de sus pinturas, que datan de hace unos 15.000 años, ha hecho que hoy día este conjunto sea conocido como la “capilla Sixtina del arte cuaternario”.

Bisonte recostado de la cueva de Altamira.

Las pinturas fueron ejecutadas mediante las más sofisticadas técnicas de dibujo y grabado de entonces, que delimitaban cuidadosamente los contornos de las figuras. La variedad cromática (rojo, negro, amarillo, pardos), ayuda a modelar las figuras, mientras que el enorme realismo y la sensación de volumen de los animales se extrae al aprovechar los abultamientos naturales de la roca.

Entre las mejores pinturas destacan el bisonte encogido, pintado sobre un abultamiento de la bóveda; la gran cierva, la mayor de todas la figuras, característica por una perfección técnica donde la estilización de las extremidades, la firmeza del trazo grabado y el modelado cromático dotan a la figura de un gran realismo, y el caballo ocre, situado en uno de los extremos de la bóveda, y cuyo modelo vemos representado en la cueva de Tito Bustillo y quizá también en la de los Casares.

La pintura rupestre en Francia: la cueva de Lascaux

Se trata de un yacimiento arqueológico del paleolítico superior hallado en el municipio de Montignac, en Francia. Es otro de los conjuntos pictóricos más importantes de la Prehistoria. La cueva pudo servir, tras los restos encontrados y a juzgar por el número de flechas y trampas dibujadas junto a los animales, como un centro de rituales mágicos con intención de favorecer la caza.

El estilo de las pinturas pertenece a la escuela franco-cantábrica, caracterizada por el realismo y el naturalismo de las figuras. En la clasificación estilística de Leroi-Gourham se puede incluir dentro del estilo III.

En el interior de sus salas se pueden hallar más de cuatrocientas figuras animales, algunas de gran tamaño, ejecutadas empleando diversas técnicas de grabado y pintura, incluida la policromía en tonos amarillos, rojos, marrones y negros.

Entre los animales más representados hay caballos, bóvidos, bisontes y ciervos; en menor número, rinocerontes, osos y felinos. Aparecen también puntos y motivos geométricos cuyo significado es desconocido. Las figuras a veces forman escenas, como la del cazador frente al bisonte atravesado por una lanza. Llama la atención la llamada Sala de los Toros, en la que se encuentran figuras pequeñas de ciervos y caballos en contraste con inmensos toros de hasta cinco metros de largo. Destacan también tres grandes uros cuya cornamenta se muestra en perspectiva torcida; lo que parece ser un unicornio (quizá un animal mítico); y varios ciervos rojos, bueyes y caballos. Al aparecer algunas cabezas y cuellos de cérvidos representados de perfil, se deduce que estos animales pudieran estar nadando en un río. Las cuevas contienen otras escenas narrativas de difícil interpretación. El gran tamaño de las pinturas sugiere la idea de que, para su realización, debieron de emplearse escaleras y estructuras de elevación, una teoría reforzada por el hecho de que se han encontrado lo que pueden ser encajes para los travesaños de un posible andamiaje.