Pintura románica

    Fresco románico de la iglesia de San Pedro de Sorpe, en Lérida (España).

    La pintura románica se desarrolló sobre diversos soportes, entre los que destacó, por encima de todo, el muro, ejecutándose mediante la técnica del fresco. Una menor producción tuvo la pintura de miniaturas, no por ello de menor calidad. La pintura mural encontró en el mundo paleocristiano y prerrománico sus antecedentes principales, aunque también la influencia bizantina fue clave a la hora de aplicar las técnicas, de disponer la iconografía y de plasmar otros temas. De especial importancia fueron las pinturas del monasterio de Montecasino, cuyo estilo tuvo una enorme repercusión en toda Europa.

    La pintura mural era la empleada para decorar las iglesias y catedrales románicas. Para ello, los pintores mantuvieron la tradicional disposición iconográfica heredada del arte bizantino. Dichos temas y otros motivos no fueron distintos de los empleados también para la escultura, ya que, como venía siendo habitual durante el periodo Románico, la pintura también sirvió como elemento de instrucción del fiel, un propósito para el cual debía ser ejecutada acorde a unos principios de comprensión y claridad expositiva, y adaptada adecuadamente al soporte arquitectónico.

    En las iglesias la iconografía se organizaba casi siempre de la misma forma: en el ábside, como punto central del templo y lugar adonde se dirigían las miradas de los fieles, se disponía la representación del Pantocrátor (también llamado Dios entronizado o en Majestad), el cual se encontraba introducido en una mandorla, que se podría definir como un espacio místico con forma de almendra; al mismo tiempo, la figura se hallaba sentada sobre el arco iris y rodeada por el Tetramorfos o figuras de los cuatro evangelistas. A Dios le podían acompañar los símbolos del alfa y el omega, principio y fin, a la vez que, con una mano, sujetaba un libro, las Escrituras, y con la otra hacía la señal de la bendición, con los dos dedos índice y corazón señalando hacia arriba. Uno de los Pantocrátor más célebres del Románico y de la historia de la pintura en general, a la vez que se puede considerar como el arquetipo de este tipo de representaciones, es el de la iglesia catalana de San Clemente de Tahüll, en Lleida.

    El estilo de la pintura románica francesa estuvo muy marcado por la influencia de los talleres de Cluny, así como de la iglesia bizantina de Montecasino. En esta línea se encuentran ejemplos como la cripta de Auxerre y las pinturas de Berzé la Ville. Mostrando un lenguaje más popular y haciéndose eco de influjos de carácter más local y regional son los frescos de las iglesias de Saint Savins sur Gartempe, Montmorillón y Vich.

    En Italia el arte bizantino estuvo, si cabe, más presente que en el resto de países europeos, sin duda por albergar en su territorio muchos de los más bellos ejemplos pictóricos representativos de este periodo artístico. La fórmula pictórica bizantina a la que los italianos recurrieron, más que a la maniera greca, fue la denominada maniera italo-bizantina, caracterizada por una mayor estilización de las formas y cuya evolución originó el nacimiento del naturalismo florentino del siglo XIII. Los ejemplos más representativos del Románico italiano se encuentran en las iglesias de San Urbano alla Caffarella, San Vicente de Galliano o San Pedro de Civitate.

    La pintura románica en España se desarrolló uniendo las tradiciones italo-bizantinas, francesas y locales, procediendo estas últimas del amplio repertorio artístico heredado del prerrománico y el arte mozárabe.

    Los más espectaculares e importantes ejemplos de pintura Románica están en Cataluña, donde destacan el mencionado ábside de San Clemente de Tahüll y el de Santa María de Tahüll. En ambos frescos predomina la influencia italo-bizantina. El Pantocrátor de San Clemente se caracteriza por una fuerte frontalidad y hieratismo, al que acompaña una gran riqueza cromática y cuidado del dibujo. Las pinturas de Santa María, por su parte, fueron realizadas en 1123. Representan, en el ábside, a la Virgen entronizada con el Niño, también en una mandorla, a la que acompaña la escena de la Adoración de los Reyes Magos; en el punto más alto del ábside figura el Cordero Místico, y bajo la Virgen, en pie, los Doce Apóstoles. Continuó el estilo marcado por estas dos iglesias la de la Vera Cruz de Maderuelo, donde se representó la escena del Juicio Final.

    Las pinturas de influencia francesa se desarrollaron a lo largo del Camino de Santiago, estando las de San Isidoro entre los mejores y mejor conservados ejemplos de este estilo. Se trata de un ciclo pictórico dispuesto en el panteón de los Reyes de la iglesia, realizado a finales del siglo XII, que representa, mediante una riqueza colorista sin parangón, una serie de escenas bíblicas inspiradas en los trabajos de la vida cotidiana.

    Por último, puramente de tradición española son las pinturas llevadas a cabo recogiendo influencias de carácter islámico. Entre las de este tipo están las de la iglesia de San Justo, en Segovia, o las que se encuentran dentro del denominado círculo de Toledo, como San Román. De enorme riqueza son también las pinturas de San Baudelio de Berlanga, cuya singularidad se extiende a su iconografía, esta vez de carácter profano. La que probablemente sea la última manifestación de pintura románica en Europa está en el ábside de la iglesia de Valdeolivas, en la provincia de Cuenca, perteneciente al Románico tardío o final.