Pintura barroca

La abundancia y los cuatro elementos, de Jan Brueghel El Viejo

La pintura barroca se desarrolló en Europa durante los siglos XVII y XVIII. Esta disciplina fue la que mejor sirvió a los países católicos para hacer propaganda, y a los países protestantes para transmitir el peso de una clase burguesa emergente.

Durante este periodo se representaron nuevos géneros pictóricos, como bodegones, paisajes, retratos, cuadros de género y escenas costumbristas. Aunque quizá lo más importante fueron las novedades iconográficas que ayudaron al mayor desarrollo que cobró la pintura de temática religiosa y mitológica.

Estilísticamente, la pintura barroca estuvo caracterizada por la búsqueda del realismo, el naturalismo y las representaciones muy efectistas y escenográficas. A partir de ese momento, las formas comenzaron a definirse a través de la luz, el color y el dinamismo, mientras que los contornos tendían a diluirse y las figuras cedían su individualidad en pro de buscar la unidad de toda la escena. El espacio, por su parte, estaría determinado por las composiciones diagonales, que resaltaban tanto los volúmenes como la profundidad, y por el reparto de golpes de luz y de color, que enfatizarían el dinamismo del conjunto.

Pintura barroca en Italia

Amor Victorioso, de Michelangelo Merisi, Caravaggio.

La pintura en Italia estuvo representada por dos corrientes desde 1600: el naturalismo, protagonizado fundamentalmente por Michelangelo Caravaggio, y el clasicismo, representado, entre otras figuras, por los hermanos Carracci. El clasicismo tuvo como referencias a los grandes maestros del siglo XVI, como Rafael Sanzio y Miguel Ángel, mientras que el naturalismo era un lenguaje nuevo que se inspiraba en la realidad cotidiana y podía tratar cualquier tema. Para sus representaciones, los pintores naturalistas emplearon los fuertes contrastes de luz, con la intención de aumentar la teatralidad y el impacto visual. Las aparentes diferencias entre ambas tendencias no impidieron que, hacia 1620, ya estuvieran presentes en todos los países europeos, complementándose, fusionándose y utilizándose por los artistas de forma aleatoria.

Alrededor de 1630 surgió el Barroco decorativo, caracterizado por la complementación entre pintura y arquitectura, lo que dio origen a la pintura ilusionista y el trampantojo, sobre todo en techos, bóvedas e interior de las cúpulas. Este estilo tuvo su punto culminante de desarrollo a lo largo del todo el siglo XVIII.

A Caravaggio le sucedieron una serie de discípulos que, sin embargo, incorporaron elementos de corte clasicista; es el caso de Orazio Borgianni, Giovanni Battista Crespi, Carlo Saraceni u Orazio Gentileschi.

Orazio Gentileschi (1563 – 1639) se formó en un entorno manierista tardío hasta 1576, año en que se trasladó a Roma para convertirse en el discípulo y amigo de Caravaggio. Afines al estilo de su maestro fueron sobre todo obras como San Francisco (1609), David (1611) o Lot y sus hijas, a pesar de que nunca alcanzó los fuertes contrastes de luz empleados por Caravaggio. De hecho, su interés estuvo más enfocado al trabajo de las calidades y el detalle, una tendencia heredada de la escuela veneciana y del norte de Italia. Cuando se instaló en Londres, su pintura se caracterizó por una luz cada vez más clara, lo que hizo que su estilo fuese adquiriendo una fría nitidez.

Heredera del estilo de Orazio fue su hija, Artemisa Gentileschi (1593 – 1652), considerara una de las principales figuras representantes del tenebrismo italiano.

La tendencia clasicista nació en los últimos años del siglo XVI como solución a la crisis pictórica desatada por el Manierismo tardío y como reacción al naturalismo de Caravaggio. El clasicismo tuvo en los hermanos Carracci sus mejores representantes, pues fueron quienes, desde su escuela boloñesa, propusieron el retorno al periodo Clásico del Renacimiento, tomando como referencias a Rafael, la luz y el color de la pintura veneciana y la obra de Miguel Ángel.

Entre los hermanos el más destacado fue Anibale Carracci (1560 – 1609), que sobresalió sobre Agostino y Ludovico. Aunque al principio se mostró tendente hacia el naturalismo, representando temas populares como La tienda del carnicero (1583), pronto asimiló y supo unir la composición armónica típica del clasicismo renacentista con el poderío colorista y la luz de la escuela veneciana, realizando cuadros mitológicos y religiosos. Fue en 1595, ya establecido en Roma, cuando su obra adquirió el estilo clásico del cinquecento, y prueba de ello fue la decoración con frescos del palacio Farnese (1602) que supone una clara síntesis del estilo empleado por Miguel Ángel en la capilla Sixtina con el de Rafael de la Villa Farnesina. Esta obra representa también el génesis de la pintura mural desarrollada en el siglo XVII. Los Carracci tuvieron unos aprendices que continuarían su estilo, destacando artísticamente por toda Italia.

Francesco Barbieri, Il Guercino (1591 – 1666) heredó el estilo de Ludovico Carracci. Su principal aportación fue la de contribuir a marcar la evolución que tomaría el Barroco en Roma a través de los frescos, como los realizados para el Casino Ludovisi, entre los que destaca La Aurora.

Otro discípulo de Ludovico fue Domenichino, llamado Domenico Zampieri (1581- 1641), quizá el más destacado pintor a la hora de fusionar las dos tendencias, naturalista y clasicista, de la pintura. De su maestro aprendió, sobre todo, el lenguaje clasicista. Pero también recibiría las influencias de Aníbal, con quien colaboraría en los frescos del palacio Farnese, al igual que supo empaparse y estudiar de cerca la obra de Rafael. Más tarde, su estilo giró hacia el naturalismo y la preocupación por la realidad, un lenguaje aplicado sobre todo en temas devocionales. Éstos los ejecutó haciendo gala de un gusto por el detallismo, al tiempo que empleó la luz veneciana y los contrastes de claroscuro para acentuar el dramatismo. Entre sus obras más célebres deben citarse las Escenas de la Vida de Santa Cecilia (1611) o La cacería de Diana (1614).

Alegoría de la Fortuna, de Guido Reni

Con los Carracci se formó también Guido Reni (1575 – 1642). De este pintor es importante resaltar la asimilación de la obra de pintores tan contrapuestos como Rafael o Caravaggio, cuyos trabajos pudo estudiar en Roma. Entre sus primeras obras está una Crucifixión de San Pedro (1604) claramente inspirada en la de Caravaggio, pero realizada empleando una composición piramidal y caracterizada por un menor dramatismo. En 1612 pintó otra de sus mejores y más célebres obras, La Matanza de los Inocentes, retomando el estilo rafaelesco del fresco del Incendio del Borgo; si bien en ella el naturalismo, el dinamismo, la composición y los contrastes de luz son evidentemente barrocos, el dramatismo se ve atenuado por la presencia serena en el fondo de arquitecturas clásicas.

Pietro da Cortona (1569 – 1669) puede considerarse el último gran continuador de los Carracci,. En Roma asimiló la obra de Rafael y la de los maestros venecianos del siglo XVI, e importante fue también el estudio de las primeras esculturas de Gian Lorenzo Bernini. Cortona está considerado el padre del Barroco triunfal y decorativo, caracterizado por las escenografías, lo teatral y la pintura ilusionista.

El pintor napolitano Lucas Jordán (1634 – 1705) representa ya una corriente más tardía dentro del Barroco italiano. Al principio se formó con José Ribera y más tarde en Roma con Pietro da Cortona, quien lo introdujo en la pintura decorativa de bóvedas y techos. En Roma pudo conocer también la obra de los maestros del siglo XVI; luego viajó por Bolonia, Parma, Venecia y Florencia, y estuvo al servicio de la Corona española entre 1692 y 1704, para la que pintó obras en El Escorial, el Palacio Real y el del Pardo. Su estilo se caracterizó primero por mezclar el clasicismo con el color y la luz venecianos, que puso en práctica en frescos típicos del Barroco decorativo; pero también pintó obras de tipo devocional con cierto lenguaje naturalista y tenebrista, influenciado por los años de aprendizaje con Ribera.

El otro gran pintor del Barroco decorativo fue Andrea Pozzo (1642 – 1709). Las obras de este artista constituyen el más claro ejemplo de lo teatral, pues sus pinturas al fresco se adecuaban perfectamente a la arquitectura de forma ilusionista gracias a sus conocimientos de geometría. Su obra más importante fue El Triunfo de San Ignacio para la iglesia romana de San Ignacio en Roma. De gran dinamismo y teatralidad, la arquitectura quedaba rota en la parte más alta mostrando el cielo de una forma casi real.

Pintura barroca en Francia

En un primer momento del Barroco en Francia pervivieron las formas manieristas puestas de moda por la escuela de Fontainebleau, mientras que, poco a poco, las novedades estilísticas que aparecían en Italia iban siendo importadas por los pintores franceses que fueron viajando a este país.

La corriente que mejor caló en el gusto francés fue la clasicista, idónea a la hora de adaptarse al arte oficial; los mejores pintores de esta vertiente fueron Simón Vouet, Nicolás Poussin, Philippe de Champaigne y Claudio de Lorena.

La formación de Poussin (1594 – 1665) incluyó el conocimiento de las obras italianas pertenecientes a las colecciones reales francesas, las de los manieristas de la escuela de Fontainebleau y los grabados de Rafael y Giulio Romano. En Italia, estuvo en Venecia y Roma, por lo que su contacto con lo mejor de la pintura italiana fue pleno. Primeras obras romanas como La inspiración del Poeta, La Bacanal con tañedora de laúd y Diana y Endimión mostraron una luz muy inspirada en Tiziano, así como efectos atmosféricos típicos de la obra de Pietro da Cortona. Por otra parte, Poussin fue uno de los más claros continuadores del clasicismo barroco de Aníbal Carracci, rechazando deliberadamente el naturalismo caravaggiesco para acercarse también a la armonía y el clasicismo de Rafael. Inspirándose en temas mitológicos realizó uno de sus cuadros más famosos, Los Pastores de la Arcadia. Pero quizá una de las facetas más conocidas de su pintura fue la del género paisajístico, de gran equilibrio, que fusionó también con otros temas mitológicos y religiosos; en ellos aparecían también, en muchos casos, referencias a arquitecturas clásicas; ejemplos de ésta son Paisaje con los funerales de Foción, Paisaje con la viuda de Foción recogiendo las cenizas de su marido (1648) o Las Cuatro estaciones (1660).

Claudio de Lorena (1600 – 1682), tras haber estado en Nápoles entre 1617 y 1621, trabajó a las órdenes de Agostino Tassi en Roma, ciudad en la que pasaría el resto de su vida. Su interés se fijó, por un lado, en los pintores del norte, de quienes aprendió la minuciosidad, la representación del detalle y el acercamiento a la realidad; pero también se le considera un seguidor de la pintura clásica de los Carracci, que se tradujo en una representación idealizada del género paisajístico, de quien se considera el mejor exponente. En sus paisajes plasmó un romanticismo clásico y lírico basado en la luminosidad, el brillo, mostrando un gusto por representar el crepúsculo y el alba. Estas características pueden verse en cuadros como Puerto de Ostia con el embarco de Santa Paula Romana o Paisaje con Apolo y Mercurio, las cuales, junto a otras, inspiraron a los pintores del XIX Joseph Turner y Jean-Baptiste Corot.

Otro género de claro corte francés fue el retrato de aparato. Sus mejores representantes fueron Nocolás Mignard, Nicolás de Larguillière, Le Nain, Hyacinthe Rigaud y Georges de la Tour, aunque el talento de este último fue mucho más allá y debe analizarse de forma independiente.

De la Tour (1593 – 1652) también tuvo la oportunidad de inspirarse en Italia. Está considerado uno de los más brillantes continuadores del naturalismo caravaggiesco, una línea que exhibió en obras tempranas como El pago de las Deudas. Pintó escenas religiosas y cuadros de género, que plasmó a través de volúmenes planos y geométricos. La luz la situaba dentro del cuadro, a diferencia de Carvaggio que emplazaba el foco fuera del marco; famosos son sus claroscuros creados a partir de la utilización de velas, como sucede en San José carpintero, Magdalena penitente o San Sebastián atendido por santa Irene. Esta técnica la empleó De la Tour para dejar todo aquello que no era relevante en la escena en penumbra e iluminar sólo lo esencial de la misma.

Pintura barroca en España

Véase el artículo “Siglo de oro en España”

Pintura barroca en los Países Bajos

El otro foco esencial de la pintura barroca europea se situó en los Países Bajos, concretamente en Holanda y Flandes, donde destacaron, respectivamente, las figuras de Rembrandt y Pedro Pablo Rubens.

En Holanda, en torno al genio incomparable de Rembrandt, se desarrolló una pintura dirigida a las clases burguesas y a los ricos comerciantes, protagonizada por el paisaje, los retratos y las escenas de la vida cotidiana, estas últimas unidas sobre todo a pinturas de interiores. Los máximos representantes de la escuela holandesa en este periodo fueron Jan van Goyen, Franz Hals, Paulus Potter, Jacob van Ruisdael, Hércules Pietersz Seghers y Jan Vermeer.

Franz Hals (1580 –1666) se formó en Haarlem junto al maestro Karel van Mander hasta 1603. Al principio se dedicó a la pintura de género y más tarde fue adquiriendo fama de retratista. De hecho, fue uno de los pioneros en desarrollar el retrato de grupo. Ejemplo de este género fue El banquete de los oficiales de la milicia cívica de San Jorge, un cuadro cuya composición horizontal ayudó a crear una fluidez y una comunicación entre los personajes de forma que ninguno destacara sobre otro en importancia. Los retratos individuales son muy célebres por su riqueza colorista y la jovialidad y viveza mostrada por los individuos; es el caso de El bebedor o El caballero sonriente. Conforme su estilo fue madurando, sus retratos fueron expresando más la intimidad y el interior de los personajes, mientras la gama cromática derivó hacia tonos más oscuros y plateados. Una nueva técnica mediante la cual fue entrecruzando la pincelada directamente sobre el lienzo haciéndola más suelta y empleando para ello colores muy vivos, que fue empleada por pintores como Coubert y Édouard Manet, quienes supieron redescubrir a Hals entrado el siglo XIX.

Singular y genial fue también el holandés Johannes Vermeer de Delft (1632 – 1675), de quien, sin embargo, no se conservan muchas obras. Hoy día, sólo cuarenta obras se consideran realmente como suyas. Con La alcahueta, Cristo en casa de Marta y María o Diana y las ninfas mostró un lenguaje próximo a Caravaggio, hasta que con Muchacha dormida esbozó el aspecto más singular de su obra, la pintura intimista. Su personal estilo se caracterizó por la luz suave proveniente del exterior, la paz de los personajes, concentrados en sus quehaceres, y la amabilidad en general. Al mismo tiempo, pintaba con sumo cuidado los detalles de un mundo tranquilo reflejado a través de la calidez de ambientes hogareños, donde la composición estaba determinada por una luz efectista que, a su vez, generaba la profundidad y el volumen de las formas. Entre sus obras más célebres se encuentran Lección interrumpida de música, Mujer con jarra de agua, La pescadora de perlas, La mujer de azul que lee una carta, El taller del pintor, El astrónomo, La carta de amor, Muchacha con el pendiente de perla y también hermosos paisajes, en este caso urbanos, como Vista de Delft o Calle de Delft.

La pintura en Flandes se desarrolló paralelamente a la holandesa, incorporando los mismos géneros y teniendo como referencias también la pintura italiana y, en especial, la de la escuela veneciana.

El rey bebe, de Jacob Jordaens

En Flandes destacó, por encima de todos los artistas, Rubens, con su pintura aristocrática, mitológica y religiosa. A él le acompañaron otros pintores de excelente calidad como Jacob Jordaens, David Teniers y Antoon Van Dyck.

Retrato familiar, por Antoon van Dyck

En la formación de Jacob Jordanes (1593 – 1678) se produjo una mezcla de influencias de Rubens, Miguel Ángel o Caravaggio, a pesar de que nunca salió de su país. Este hecho le hizo saber aprovecharse de las corrientes tradicionales flamencas, que supo fusionar con sus otras influencias. La diferencia entre Jordaens y Rubens o Van Dyck, fue la inmediatez, expresividad y sensualidad, ejecutadas sobre temas religiosos y profanos, que lo alejaron de la intelectualidad y sentido aristocrático de los otros. Lo más célebre de su obra fueron las escenas de género, realizadas con gran sentido del humor y caricaturesco; más tarde su interés derivó hacia la búsqueda del realismo y lo popular, rasgos típicamente barrocos. Su pintura se caracterizó por la densidad y la combinación, a veces extravagante, de colores brillantes, aunque siempre remarcando mucho el dibujo y empleando fuertes contrastes lumínicos. Entre los mejores ejemplos de su obra se encuentran El sátiro y la familia de campesinos, El rey bebe, Meleagro y Atalanta, El Sacrificio de Pomona, o Autorretrato con su familia.

Antoon van Dyck (1599 – 1641) fue discípulo de Rubens y también un sobresaliente pintor del panorama flamenco. Viajó a Italia, visitando Génova (donde vivió una temporada) Roma, Florencia, Bolonia, Venecia y Palermo. Finalmente, al no poder competir con su maestro en Amberes, se estableció en Londres para ponerse al servicio del rey Carlos I de Inglaterra. Sus primeras obras siguieron de forma clara la estela de Rubens, como La caza del jabalí, San Martín y el pobre o el retrato de Frans Snyders con su mujer. De su paso por Italia conservó la impronta sobre todo de Tiziano, de quien tomó el color, las composiciones elegantes y los contrastes de luz, apreciables en cuadros como La Virgen del Rosario. Ya en Londres, a Van Dyck se le puede considerar como el pintor que sienta las bases de la pintura inglesa. Allí realizó, sobre todo, una ingente cantidad de retratos, fundamentalmente para la aristocracia, continuando, en principio, la tradición flamenca de representar no el rango social del retratado sino su psicología e interior. Sin embargo, más tarde inventó una nueva clase de retrato, de cuerpo entero, con fondos paisajísticos protagonizados por los árboles y el agua. La elegancia, el equilibrio, el gusto por el detalle y los trajes suntuosos sí mostraron una voluntad por representar la talla social, como en la serie de retratos para Carlos I, para Sir Thomas Wharton, o Lord Willian Crofs. Sus figuras alargadas, detallismo y belleza de los personajes crearon una escuela inglesa de retratistas que tuvo en Reynolds y Thomas Gainsborough a sus más ilustres representantes.

Esquema de la Pintura barroca

La pintura barroca se desarrolla en Europa durante los siglos XVII y XVIII. Se caracteriza por el realismo, el naturalismo y las representaciones efectistas y escenográficas. Las formas se definen a través de la luz, el color y el dinamismo. Los contornos se diluyen y las figuras ceden su individualidad en pro de la unidad de toda la escena.

Caravaggio, Rembrandt, Rubens y Vermeer son los pintores más importantes de este periodo.