Iconografía

    La palabra iconografía procede del griego eikon, imagen, y graphia, escritura. La iconografía puede ser considerada como una disciplina de apoyo de la Historia cuya intención es explicar las representaciones, ideas, creencias y emociones que las obras artísticas pretenden expresar y transmitir, identificando su singular simbología y alegorías.

    Desde la prehistoria, intentar expresar con una imagen las ideas y las cosas aparece como un rasgo característico de la humanidad. Con la aparición de las pinturas rupestres, o en representaciones sobre materiales óseos del paleolítico, se han podido hallar ya ejemplos del deseo y la necesidad universales del hombre por comunicarse.

    En el siglo XVI aparecieron ya tratados de imágenes sistemáticamente clasificados. Durante los siglos XIX y XX, en el terreno del arte cristiano, estas relaciones iconográficas tomaron gran impulso con obras de autores como Émile Mâle, Kart Künstle y Louis Réau.

    El método empleado seguía los evangelios y otras fuentes documentales; sin embargo, a pesar del minucioso trabajo realizado, en la iconografía cristiana existen lagunas significativas; en la pintura y la escultura españolas, por ejemplo, sabemos de santos que aún no han podido ser cabalmente identificados. En cualquier caso, su método analítico empezaba por estudiar la imagen, después la escena en la que se encontraba y, por último, el ciclo al que correspondía la secuencia.

    Por su parte, la iconografía profana también contó con repertorios realizados por Raimond van Marle y Guy de Tervarent, que recogieron testimonios de la tradición popular. En ambos campos, sacro o profano, la iconografía tomaba una configuración formal centrada en tres puntos: la imagen representada, el atributo y el significado simbólico.

    En 1912, tras el Congreso Internacional de Historia del Arte celebrado en Roma, se empezó a considerar el término iconografía como soporte de una nueva ciencia, la iconología, entendida como la observación científica del origen, transmisión y significado de las imágenes. El término había sido utilizado en el siglo XVI por Cesare Ripa en su libro Iconología. La profundidad del discurso teórico de Ripa hizo que su obra se convirtiera en un compendio ampliamente aprovechado en su época por artistas de la talla de Diego de Silva Velázquez, Bartolomé Esteban Murillo o Petrus Pualus Rubens; incluso Francisco José de Goya y Pablo Picasso llegaron a consultarlo. Las imágenes eran los símbolos del pensamiento del hombre, y sólo ellas encerraban los secretos de la teología, la filosofía y la naturaleza.

    El trabajo de Ripa consistió en realizar descripciones precisas de las obras antiguas, egipcias, griegas o romanas, así como de los testimonios escritos por autores greco-latinos sobre ellas.

    Sin embargo, el racionalismo del siglo XVIII consideró la nueva ciencia engañosa y la obra de Ripa cayó en adelante en un olvido del que no saldría hasta el primer tercio del siglo XX.

    En 1928, G. J. Hoogeweff redescubrió la utilidad de la obra del autor italiano, presentándola como pieza esencial para la explicación de la obra de arte. En las décadas de los años treinta y cuarenta del siglo XX, discípulos del Instituto Warburg siguieron perfeccionando el método iconológico.

    El arte había dejado de ser un conjunto de objetos que atraían sólo por su belleza y se había convertido en el punto de partida para conocer la historia, la cultura y las formas de pensar de los distintos periodos del pasado. Especialmente para Panofski, el nuevo método de la historia del arte tenía como tarea principal profundizar en el contenido último del hecho artístico, independientemente de su valor formal; su conclusión fue la siguiente: mientras no haya un conocimiento exacto de sus significados, no hay arte.

    En relación con los estudios de iconografía e iconología en España cabe resaltar, a principios de siglo, el punto de vista pionero de Elías Tormo, con su trabajo sobre las pinturas del Salón de Reinos del Buen Retiro en relación con los retratos ecuestres de Velázquez y otras pinturas españolas de tema mitológico; o los de Esteban García Chico, en plena república, en torno a la capilla de la familia Benavente, en Medina de Rioseco. A partir de los años cuarenta habría que destacar a Enrique Lafuente Ferrari, discípulo de Tormo, y a Sánchez Cantón, con su estudio comparado de la literatura y el arte.

    El primer libro español en que se ofrece una perspectiva de conjunto para conocer el contenido simbólico de la pintura española del Siglo de Oro, con metodología iconológica, es el de Julián Gállego. Otros brillantes estudios son los de J. Brown, Fernando Checa y André Chastel.