Arte egipcio

Busto en piedra caliza de la reina Nefertiti.

Con el término antiguo Egipto se hace referencia al periodo en el que eclosionó la civilización egipcia en la antigüedad. Se considera que dicha época abarca desde el 3100 a.C., momento en el que se instauran las primeras dinastías, hasta el 30 a.C., fecha en la que se produce la conquista romana.

Las manifestaciones artísticas de la civilización del Nilo se forjaron en un estilo muy característico que en todas estas centurias apenas experimentaría cambios significativos; este autoctonismo artístico y hasta cierto punto rígido puede ser explicado por el relativo aislamiento de la región, rodeada de grandes desiertos, pero también por la propia solidez de la civilización egipcia, capaz de integrar en su mundo a los invasores bárbaros que en algunos periodos de su historia amenazaron el territorio. Nubios e hicsos, por citar sólo dos ejemplos, parecieron aceptar el culto a los dioses y al faraón, factores determinantes de un arte marcado ya desde sus comienzos por la grandiosidad y la obsesión por el mundo de ultratumba, en el que lo importante no era la originalidad sino la reproducción lo más fiel posible de los cánones establecidos. Sólo sería en el último milenio, con las invasiones persas y macedónicas, cuando el arte egipcio sucumbiría realmente a las influencias extranjeras, adoptando características clásicas y abandonando las que hasta entonces lo habían definido.

Arquitectura

La arquitectura egipcia se caracterizó por su tendencia al colosalismo, tal y como se puede apreciar en esta vista general de las pirámides de Giza.

La arquitectura desarrollada en el antiguo Egipto tuvo una función básicamente religiosa y política, con una monumentalidad destinada a pasar a la posteridad y a exaltar el poder absoluto de los faraones. El colosalismo de las construcciones del antiguo país del Nilo se manifiesta no sólo en la dimensión de los sillares empleados en algunos de los edificios más característicos de la civilización egipcia, sino en el uso de elementos estéticos de gran altura como los obeliscos o las columnas.

Esta monumentalidad obligaría a los arquitectos egipcios a buscar soluciones a las cargas y tensiones generadas en los edificios. Parte de esas soluciones fueron halladas en el mismo problema: las grandes y macizas columnas serán un elemento constante en las construcciones egipcias hasta el punto de existir verdaderos “bosques columnarios” que aúnan las funciones de sostén y ornamento. Otra solución habitual sería el empleo de estructuras exteriores de refuerzo, los famosos arquitrabes, capaces de soportar las cargas y las tensiones sobre los muros principales sin tener que ceder los espacios interiores a columnas, arcos o bóvedas.

Estos elementos se repiten de forma constante en algunas de las más importantes formas arquitectónicas egipcias: las mastabas, las pirámides, los hipogeos y los templos.

Mastabas

Esquema de una mastaba.

Las primeras tumbas reales del valle del Nilo son las mastabas, que empezaron a construirse en el periodo arcaico (3100-2700 a.C., aproximadamente). Estos monumentos funerarios, destinados generalmente a albergar los cuerpos de los faraones, también fueron utilizados por las elites estatales (nobles, sacerdotes), aunque siempre siguiendo un mismo modelo arquitectónico. Construidas generalmente de ladrillo y con forma de trapecio, constan de una parte subterránea y de otra exterior; la primera sirve de alojamiento al panteón del difunto, excavado en la roca, mientras que la segunda recubre a la anterior a modo de túmulo.

En la necrópolis de Saqqara se ubican las mastabas más notables, que exhiben una rica decoración en sus muros exteriores. Se conservan también algunas en la zona del delta del Nilo.

Pirámides

La pirámide de Zoser consta de varias mastabas superpuestas, por lo que se la conoce como pirámide escalonada.

Las pirámides son sin duda los monumentos más emblemáticos del valle del Nilo, la más valiosa contribución de esa antigua civilización al acervo arquitectónico de la humanidad. La primera de la que se tiene constancia histórica es precisamente la del faraón Zoser en Saqqara, también conocida como pirámide escalonada por ser resultado de la superposición de varias mastabas. Al igual que estas últimas, su finalidad fue albergar los restos de este faraón de la III dinastía, así como una estatua del mismo en una cámara especial (serdab).

Ya en la IV dinastía se levantó la pirámide de Meidum, iniciada por Huni y rematada por su hijo Snefru, de la que no se conserva la cúspide. En el reinado de Snefru se construyeron otras dos pirámides importantes, ambas en Dahsur: la romboidal, con una menor inclinación en su cúspide, y la roja, primera pirámide geométricamente perfecta realizada en el antiguo Egipto.

Habría que esperar hasta el reinado del faraón Keops para asistir al levantamiento en Giza de la mayor de las pirámides egipcias, de 146 metros de altura, única de las siete maravillas del mundo antiguo que permanece aún en pie. En la construcción de la pirámide de Keops, también conocida como gran pirámide de Giza, intervinieron más de cien mil obreros y se emplearon más de dos millones de bloques de piedra. Junto a esta monumental pirámide se alzan otras dos de menor tamaño, correspondientes respectivamente a los faraones Kefrén y Micerinos. Las pirámides de Keops, Kefrén y Micerinos conforman el célebre conjunto de Giza, una de las principales atracciones turísticas de Egipto.

A partir de la V dinastía, las pirámides fueron perdiendo monumentalidad, fiel reflejo del decreciente poder del estado. Las pirámides de la V y VI dinastías son de menor tamaño, y presentan una menor solidez que sus predecesoras. Terminado el imperio antiguo, hacia el 2200 a.C., las pirámides ya no volvieron a tener la monumentalidad del pasado y, aunque siguieron utilizándose como complejos funerarios, fueron paulatinamente reemplazadas por los hipogeos.

Hipogeos

Interior del hipogeo de Tutankamón.

Los hipogeos o lugares “debajo de la tierra” no son sino tumbas o templos excavados en la roca, con accesos ocultos destinados a prevenir la acción de los profanadores. Constan de cuatro zonas diferenciadas: una entrada en talud y adornada de elementos decorativos como estatuas y esfinges; un patio porticado; la sala hipóstila, cuyas columnas suelen reflejar la idea de un “bosque de piedra”, y un santuario destinado al rito religioso y a las ofrendas a favor del faraón.

Los hipogeos fueron especialmente importantes a partir del llamado imperio nuevo (1600-1100 a.C. aproximadamente). Abundan tanto en el Valle de los Reyes como en el Valle de las Reinas, lugares algo alejados del Nilo, casi en la zona limítrofe entre las tierras fértiles y el desierto, en un intento por desalentar a los ladrones de tumbas e impedir los perniciosos efectos de la humedad sobre la decoración interior del templo.

Templos

Vista del templo de Karnak en la que se puede apreciar la decoración de sus numerosas columnas.

El templo más característico del imperio antiguo es el de la esfinge de Giza, que se comunica con la pirámide de Kefrén a través de una galería cubierta. Este templo destaca por sus monumentales columnas de granito. Ya en el imperio medio, los templos se hicieron independientes de los complejos funerarios para, posteriormente, en el imperio nuevo, alcanzar su máximo esplendor en el valle del Nilo. Los templos de Luxor y de Karnak, con sus avenidas, obeliscos, patios y salas recorridas por columnas, son los principales exponentes a este respecto. A ellos cabe añadir el templo de AmenofisIV (Akenatón), en Tell el-Amarna; el de la reina Hatshepsut, en Deir-el-Bahari, y el de AbúSimbel. Estos dos últimos son ejemplos de speos o templos funerarios excavados en la roca. De los periodos tardío y helenístico son otros templos como los de Filae, Dendera y Debod.

Obeliscos

Obelisco de Tutmosis III, trasladado a la actual Estambul en el siglo IV.

El obelisco es un monumento típicamente egipcio. Por lo general, se situaba frente a los templos o los palacios. Tenía una finalidad conmemorativa que quedaba plasmada en las inscripciones esculpidas sobre su superficie. En su construcción se solía emplear granito rosa, sienita o basalto, mientras que su punta se remataba con algún metal precioso. Los obeliscos egipcios –algunos de los cuales fueron trasladados, como piezas de conquista, a diversas ciudades de Europa– presentan unas dimensiones muy variables; los mayores superaban los cincuenta metros de altura.

Escultura egipcia

Estatua del Escriba sentado, realizada en madera.

La mayor parte de las esculturas que se conservan de esta época provienen de templos y tumbas. La actividad escultórica en el valle del Nilo, dotada de una función eminentemente religiosa y funeraria, se caracterizaba por la utilización de bloques de piedra pulidos. Junto con la piedra, también se trabajaron otros materiales como el bronce, el cobre, la terracota, el marfil y la madera.

Aunque a lo largo de la historia del Egipto faraónico se puede comprobar una clara evolución en la escultura, no es menos cierto que el arte estatuario del país del Nilo mantiene unas características comunes que permiten hablar del canon egipcio. Éste se basa en la frontalidad de las figuras, es decir, en su disposición frontal hacia el espectador, así como en sus proporciones tanto en su simetría respecto a un eje central como en las dimensiones (altura de 18 puños para las figuras de pie y de 15 para las sedentes). Existían asimismo una serie de convenciones que fueron respetadas en mayor o menor medida por los artistas: las figuras masculinas representadas de cuerpo entero suelen tener adelantado el pie izquierdo, mientras que las femeninas suelen aparecer con los pies juntos; las esculturas de personajes sedentes tienen en común, por lo general, que una mano está apoyada en el pecho y la otra en un muslo.

Este canon sufrió modificaciones relativas a lo largo de la historia. En la primera etapa dinástica de la civilización del Nilo, durante el periodo arcaico y el imperio antiguo, las representaciones del faraón exhibían una grandiosidad completamente irreal. Lo terrenal quedaba reservado exclusivamente para las representaciones de miembros destacados de la sociedad (estatua del Escriba sentado). Ya propiamente del imperio antiguo datan las llamadas tríadas, representaciones del faraón junto a dos personajes femeninos –uno de ellos una diosa–, cuyos ejemplos más notables son las del faraón Micerinos, el conjunto en piedra caliza del príncipe Rahotep y su esposa Nofret y la estatua en madera de Cheik el-Beled.

En el imperio medio cuajó un estilo más expresivo y apegado a la realidad. Esto supuso una cierta humanización de los retratos del faraón, que además empezaron a estar más personalizados. Las estatuas de SesostrisIII, en obsidiana y granito negro, se cuentan entre las piezas más apreciadas de este periodo.

El avance hacia el realismo prosiguió en el imperio nuevo, bajo la influencia estética asiática y del área del Egeo. Las formas tendieron a ser más suaves y sensuales, de lo que es buena muestra el busto en piedra caliza de la reina Nefertiti (esposa de Akenatón). Las estatuas de Ramsés II, Tutmosis III y AmenofisII dejan constancia de una concepción más terrenal de la imagen de los faraones, retratados habitualmente en escenas de guerra. Los colosos de Memnon, la esfinge de Tanis y la estatua de la diosa Hathor en Deir el-Bahari son otras joyas escultóricas de este periodo, en el que también cabe reseñar la proliferación de figuras oferentes.

Finalmente, entre las dinastías XXVI y XXXI se realizaron obras de depurada factura y gran belleza como las “cabezas verdes”. Más adelante, en plena era helenística, aparecieron las llamadas terracotas de El Fayum, pequeñas esculturas que retratan, al estilo griego imperante en la época, tanto a dioses como a escenas populares.

Hay que hacer, por último, una mención al capítulo del relieve. Aunque presentes desde los inicios del estado faraónico (estelas de la cámara funeraria de Zoser en Saqqara), no empezaron a ser frecuentes hasta el imperio medio. Su edad de oro no llegó en realidad hasta el imperio nuevo, momento en el que los relieves experimentaron un gran auge, sobre todo dentro de los templos. Los temas principales eran la guerra y la religión, aunque también se cultivó una iconografía de actividades menos solemnes asociadas a la vida cotidiana.

Pintura egipcia

La pintura alcanzó en el antiguo Egipto elevadas cotas expresivas y estéticas. En un principio fue un género artístico totalmente dependiente de la arquitectura y la escultura, aunque luego adquiriría peso propio. La pintura del valle del Nilo se caracteriza por la tendencia a la simplicidad, el empleo de escasos colores, la ausencia de sombras y, sobre todo, el deliberado olvido de la perspectiva, sólo aparente en la superposición de figuras. Las escenas religiosas o de la vida cotidiana quedan ordenadas en el plano mediante la jerarquización de figuras (las más importantes son las más grandes) y el respeto a la simetría, así como por una tendencia a repetir ciertas pautas escultóricas (adelantamiento del pie izquierdo, frontalidad del torso y los ojos, etc.).

Durante el imperio antiguo, la pintura se realizó sobre todo en el interior de las tumbas y tuvo fines decorativos. Se representaron escenas a modo de fotogramas, en tiras horizontales de perfiles nítidos y colores planos de connotaciones simbólicas (el blanco representaba la pureza, el verde aludía a la juventud…). El hieratismo está presente en los retratos de personajes reales, pero no tanto en los del vulgo.

En el imperio medio proliferaron tanto los murales de escenas populares como las pinturas de faenas agrícolas en el campo o de actividades domésticas en las residencias de la nobleza por parte de los esclavos o sirvientes. Las diferencias sociales quedan patentes en la pintura, ya que los señores aparecen representados con un tamaño mucho mayor que sus esclavos, aunque siempre menor que el faraón.

En el imperio nuevo, la pintura egipcia se independizó plenamente de la arquitectura y la escultura, emprendiendo un camino propio hacia una mayor expresividad y estilización. Los mejores ejemplares de la pintura de esta época se conservan en las tumbas del Valle de los Reyes. Las escenas bélicas, de caza y de pesca son las preferidas por los artistas. Los faraones suelen aparecer representados sobre la montura de carros de guerra.

Finalmente, el helenismo trajo consigo un auge del retrato funerario, de marcado estilo naturalista. Los retratos funerarios de El Fayum se cuentan, por su extraordinaria expresividad y carga psicológica, entre los más apreciados de esta última etapa artística del antiguo Egipto.

Artes decorativas

Decoración interior de una de las tumbas del imperio antiguo.

La cerámica y la orfebrería fueron otras artes que sobresalieron en el valle del Nilo. La cerámica llegó a su esplendor en la dinastía tolemaica, cuando desde el puerto de Alejandría se exportaban millares de piezas de loza hacia el resto del orbe mediterráneo. Se trataba de una cerámica de estilo helenístico, de brillante factura estética y depurado acabado. En cuanto a la orfebrería, cabe reseñar el trabajo de la plata y el adecuado uso de los esmaltes. Diademas, collares, coronas y anillos figuran entre lo mejor de la producción de los antiguos orfebres egipcios.